Desde niña descubrí que mi madre era muy conocida por su trabajo en publicidad, sus artículos en la prensa escrita y su amor por la poesía, el arte y la cultura. Me enseñó a leer y escribir inventando métodos de tarjetas con imágenes y letras. Siempre atenta, cariñosa y alegre, aunque a veces yo descubría en sus ojos una tristeza que no podía descifrar. Bailábamos con o sin música, escalábamos al cielo y dibujábamos nubes en las olas. Desde algunos meses de nacida me dio un pincel y pinturas para crear mis primeras obras de arte, inculcándome el amor que tenía mi abuelo a la pintura. Los colores eran lo de menos.
– «El mundo siempre es y debe ser como ustedes lo sueñan. En la vida, las barreras se vencen desde nuestro interior, y las metas se alcanzan con la fuerza de nuestros espíritus». Nos decía.
Y así, la vi luchar por sacarnos adelante. Nos educó sin ser maestra, inventando formas para que conociéramos sus universos y pudiéramos comprender también los nuestros. Su vocación de madre incluyó muchos roles, que gracias a Dios pudo realizar.
¿Quién es mi madre? Muchos otros la conocen por su ardua lucha por los derechos de las personas sordas. Tener una hija sorda, no fue fácil. Veía a mi mamá en su intento de cambiar el mundo, la sociedad y la educación, incluso, cambiar la mentalidad cerrada de personas cercanas, las amistades y parientes, arrancar de raíz el morbo, el odio, la maldad y romper todos los estereotipos de la gente.
Mi madre empezó a sensibilizarnos en casa, a mi papá, a mi hermano y a mí sobre la sordera, pienso que a veces quienes la miraban sin entender, pudieron pensar que estaba obsesionada con el tema.
Ella aprendió lengua de señas por internet y con dos intérpretes graduados de la Universidad de Gallaudet estudió todo cuanto pudo. Incluso, se graduó en un método de un curso por correspondencia para padres de niños sordos «John Tracy Clinic», de Los Ángeles. No se quedó de brazos cruzados y puso manos a la obra, inventó su propio método usando lengua de señas, imágenes y español escrito para enseñar a leer y escribir a las personas sordas.
Recuerdo que mi casa era un gran salón de clases y nos enseñó técnicas para estudiar solos cuando fuéramos grandes. Ese lugar era sagrado, tenía materiales reciclables, cromos, revistas y muchos libros académicos de todos los grados escolares.
Mamá trabajaba como abogada y notario, y cuando regresaba de la oficina luego de diez horas de jornada, y a veces más, siempre tenía fuerzas y ánimo para nivelar académicamente a mi hermana y enseñarle los contenidos académicos que debía saber a su edad y que en la escuela no le impartían.
Mamá también nos orientaba a mi hermano y a mí sobre nuestras dudas y tareas, mi abuela la apoyaba. Teníamos una mesa y dos escritorios, una librera y dos paredes blancas donde colocábamos cartulinas y papeles reciclables con los esquemas, cuestionarios e ideas principales de todos los temas que saldrían en los exámenes. Y cuando fuimos creciendo, para ser exactos en secundaria y bachillerato, ella logró contratar a una persona para reforzar las matemáticas, la química y la física, mientras ella se encargaba del resto de materias y enviaba un correo sobre nuestras actividades a mi padre, para cuidar ese lazo de respeto y amor, aunque él viviera en otro país.
Mi abuela nos observaba desde la otra área de la casa y siempre estaba pendiente que comiéramos nuestras cenas.
Muchos de ustedes la vieron de joven trabajando en publicidad, comunicaciones, periodismo, para pagar sus estudios, pues, mi abuelo murió relativamente joven y debía cubrir todos sus gastos sola. Luego la pudieron ver ejerciendo su profesión de abogada en la Fiscalía, pero donde dedicó muchos años de su vida fue en Concultura en diferentes áreas: cooperación internacional, asistencia técnica y departamento jurídico.
En esos años la recuerdo luchando por el rescate y salvaguarda del patrimonio cultural de nuestro país, por los derechos culturales, los derechos de autor, el registro de los bienes culturales y declaraciones de centros históricos, monumentos, obras de arte, entre otros.
Cuando dejó de trabajar en esta última institución no fue fácil, pero Dios abrió caminos para salir adelante; nunca participó en política, se mantuvo serena y fuerte en sus convicciones y se dedicó a su pasión más grande: escribir.
Yanira Soundy, mi mamá, trabajó después de forma independiente en sus proyectos, se entregó de lleno a nuestra educación en bachillerato, a cuidar de mi abuela y nos orientó en la universidad. Y ahora, dedica su tiempo a ordenar y publicar sus obras, con diseños accesibles que estimulan el hábito a la lectura, de toda la niñez y juventud en general, y en especial la niñez con discapacidad visual, baja visión y sordera.
Ha recibido muchos reconocimientos, pero los más importantes para ella han sido el otorgado en vida por mi abuela y ahora por sus hijos.
Las personas historiadoras podrán conocerla más a profundad al estudiar su intensa colaboración de editoriales y opiniones en los periódicos de nuestro país, donde educó y sensibilizó a muchas personas sobre los derechos humanos de las personas con discapacidad, la niñez y las mujeres.
Podrán conocer a la mujer poeta y escritora, a la mujer empática, sencilla y humana que entregó su vida a la familia, los derechos humanos de las personas con discapacidad y la cultura salvadoreña, con la meta de lograr una inclusión social y cultural, una reforma total en la legislación salvadoreña para el respeto de los derechos y deberes de todas las personas con discapacidad y sus familias.
«Ser mamá no es fácil», dicen algunos. Los que realmente conocen a la mía saben que Yanira Soundy siempre está llena de entrega y lucha por sus hijos, pero sin dejar de cumplir sus propios sueños haciéndonos partícipes de sus logros, así como no dejará de amar y defender la cultura salvadoreña y sus derechos, sembrando en nuestros corazones el amor al arte y la cultura.
Por este 10 de mayo, deseo rendir un homenaje a Yanira Soundy, mi mamá guerrera, mi compañera, mi amiga. ¡Gracias mamá por querernos tanto!







