El Salvador en primavera
Por Hugo Mauricio Urrutia / DePoesía
Han cambiado tantas cosas
en mi patria El Salvador,
que más que espinas, hay rosas
y maquilishuat en flor.
Sea que vayas a Los Planes
o al excelso Boquerón,
imposible que no ganes
en alegría e ilusión.
Y si nos vamos al mar
por modernas carreteras,
no podemos comparar
con lo que estas antes eran
Sivar es otra cosa,
con tantas obras preciosas,
cada quien ve cómo posa,
¡para una selfie lujosa!
Cada uno su sonrisa,
cada cual con su afán,
sin miedo a ningún truhan,
aquí nadie tiene prisa.
Buenas nuevas es lo diario:
. un puente, un hospital, una escuela.
Al que con amor trabaja:
. ¡infinito imaginario!
Han cambiado tantas cosas
en mi patria El Salvador,
que más que espinas hay rosas
y maquilishuat en flor.
La anciana de san miguel
Por Jimmy Francisco Ortega / De Poesía
En el bello San Miguel,
suelo de un volcán erguido,
donde el sol es rey adornado
por un azul inmenso,
vivía una mujer y su hijo.
Era él la razón de su vida,
las caricias de su alma,
la luz de sus ojos,
y por él hacía mil oficios.
Cierta tarde al volver de su trabajo
a su hijo no encontró.
Desesperada la madre San Miguel recorría,
y a quien en su camino veía
preguntaba y preguntaba.
Nadie contestaba, nadie respondía,
lo que la madre quería.
En un noticiero local se enteró
que el cuerpo de un desconocido se enterró,
la madre al lugar llegó donde el cuerpo yacía
ya.
Con lágrimas amargas,
el pecho destrozado
y herida la mirada.
Con manos temblorosas
y uñas ensangrentadas
el suelo escarbaba y escarbaba
hasta llegar al lugar donde
el cuerpo se encontraba.
Envolviendolo en sus brazos
y apretándolo a su pecho,
lavava y bañaba con su llanto
la tierra que cubría al fruto de su vientre,
y le besaba tiernamente.
La madre y su hijo entre sus brazos,
cuál Jesús en la cruz,
cuál María y su dolor.
Una voz se escuchó de dolor desgarrador,
que viajaba en las alas del viento.
Era la voz de un corazón y su tormento,
que inquietaba al Sol y llegaba a Dios.
¡La madre y sus gemidos!
¡La madre y su clamor!
Besábale los labios a su hijo,
queriendo en su agonía darle vida.
¡La madre y su calvario!
La madre y sus desgarradores intentos
queriendo a su fruto dar su aliento.
Así murió con dolor y tristeza en su mirada.
Así quedó aquella mujer de San Miguel,
inclinada, de rodillas, fiel a su dolor
al fruto de su ayer.
Allí quedó con su hijo entre sus brazos,
con el alma ensangrentada
y en su rostro parecían:
las lágrimas congeladas.
Llegó la noche, entristecieron las estrellas
por esa madre bella.
La pálida Luna llorando se asomó
y hasta el Chaparrastique, el imponente volcán,
se estremeció, se conmovió.







