Caricias prohibidas
Por Raúl Torres / DePoesía
Tú estabas en las aventuras de mi infancia, cuando era feliz y no lo sabía.
En los juegos interminables con los amigos y en mis ilusiones primerizas que se esfumaron
entre los desengaños.
Tú estabas en los memorables viajes por la vieja Europa,
a través de mi música italiana y francesa predilecta,
compartías conmigo caramelos y besos
cualquier tarde veraniega,
cuando el vino tinto nos alegraba la existencia como elixir de la vida.
Veintitantos inviernos después me acordé de ti, al escuchar una bonita canción.
Me recordé de tu sonrisa que pintaba mis días, de tu mirada que todo lo iluminaba,
de las caricias prohibidas que encendían el fuego, sin tocarnos.
Tú estabas en el comienzo, en el durante y en los finales felices que me inventé para nuestra historia de amor.
Quizá aún estás a mi lado, sin estar.
En mis días grises y en mi soledad.
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La pluma mágica
Por Abed Funes / DeCuento
Érase una vez, en un lugar olvidado, unos magos muy poderosos enterraron al pie de un árbol un pergamino secreto junto con una reliquia muy antigua, una pluma mágica. Los astutos magos la enterraron para que no fuera encontrada por el malvado duende de las cavernas, ese misterioso ser diminuto que era muy ambicioso y siempre deseaba tener en sus manos todo el oro del mundo para atesorarlo dentro de enormes bóvedas subterráneas.
Con el único objetivo de pasar contándolo día y noche, nunca con la intención de gastarlo, Milo, el duende malo, era el más ambicioso de todos, deseaba romper con la tradición de sus ancestros cuenta monedas. Milo anhelaba dominar a toda la raza humana y este macabro sueño solo podía conseguirlo haciendo uso de los poderes de la pluma mágica. Milo tenía el olfato tan desarrollado como un sabueso y podía oler a más de veinte mil kilómetros de distancia el aroma de la tinta china que usaba la pluma.
Aunque los poderosos magos la enterraron muy lejos y a unos mil metros de profundidad, el duende tarde o temprano podría rastrearla. Por más de mil años la pluma mágica permaneció oculta y muy segura en la tierra, bajo la sombra de aquel hermoso árbol, hasta que apareció una enorme rata, negra, gorda y peluda que venía del monte, vio el árbol, le gustó y cavo un túnel para hacer su casa en medio de las raíces. Fue cuando el aroma de la tinta salió al aire y el duende malo la olió, siguió su aroma por varios años hasta que la encontró.
Lo primero que hizo fue escribir el encantamiento adormecedor para dominar a toda la raza humana; lo que no sabía el duende es que la pluma mágica no ayudaba a seres perversos, ambiciosos y de mal corazón. Cuando el diabólico duende tomó la pluma mágica con su mano, listo para escribir, esta de inmediato se desactivó y todos sus poderes mágicos desaparecieron.
La pluma mágica era tan especial que, al detectar un poquito de maldad, por mínima que esta fuera, se desmayaba y se quedaba desconectada. Milo estaba furioso e intentó con todas sus fuerzas partirla en dos, pero no pudo. La pluma mágica se defendió y le mandó una potente descarga eléctrica en la mano y quedó paralizado por un año.
El único que podía activarla de nuevo era el dueño de la pluma mágica, quien sabía todos sus secretos.
Al ver esta situación, unos angelitos bajaron de las nubes y la llevaron al cielo donde vivió muy feliz por siempre en medio de miles de plumas. Y como dicen las hechiceras miniaturas del bosque dormido cuando finalizan sus encantos: abracadabra, para que este libro en vez de que se cierre, mejor que se abra.
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Madre mía, rosas llevo
Por Carolina Rodríguez / DePoesía
Te dije que rosas llevo para que me dejes entrar en tu regazo.
Le dije a Dios que soy muy fuerte, pero él sabe qué cuadros he dejado.
Rosas llevo y son de muchos colores,
quiero que pinten tu jardín y adornen tu hogar.
Rosas llevo mamá, porque aún estás.
Rosas rojas, rosas blancas, porque un día me dijiste que te agradaría que adorne tu hogar.
Mamá, hay tantas tormentas y en todas estás.
Rosas rojas porque era el color de tu labial.
Todas las rosas, mamá.







