TOMO I – PARTE III

La grafía, el papel y las formas del lenguaje son algunas de las características que nos comparte un ayer diferente, uno de hace 200 años, pero su contenido es lo más valioso en el marco de una celebración compartida en Centroamérica: la independencia de España.
Mucho se ha recorrido desde entonces, por lo que estas misivas que nos compartió leyendo una a una Vilma Pérez, directora del Archivo General de la Nación, son una estampa de la historia de un ayer que vaticinaba un cambio, aunque aquellas autoridades extranjeras se negaran.
Pérez maneja con agilidad el contenido de estas cartas y gracias a su conocimiento compartimos extractos de aquella correspondencia de la Intendencia de San Salvador, específicamente de José María Peinado. Los fragmentos que compartimos son en la grafía, ortografía y español actual, para su legibilidad y mejor lectura; sin embargo, las palabras y el sentido son literales.

20 de marzo de 1813 – La insurrección y los intentos de aplacarla
Excelentísimo señor:
No es posible transmitir a la superioridad de vuestra excelencia la notoriedad de especies, unas pequeñas otras inconexas, otras groseras e ignorantes y todas colmadas de la más depravada malicia que han fermentado este vecindario y fatigado mi atención en estos 15 días últimos. Llegó el momento en que desesperancé y creí que no me quedaba otro recurso que el de la fuerza, pero esta cuando uno se aproxima a ella cuán débil y funesta la encuentra.
Por último, tomadas todas las providencias de esta clase se me parecieron conducentes como fue detener la remisión de los desertores de blanquillos y municionarlos y duplicar las patrullas de Voluntarios y Dragones, sin comunicar mis providencias ni los objetos de ellas más que al sargento veterano Argote y al sargento de voluntario Monterroso, previne a este que cuando aquel tocara corriera con los Voluntarios, con quienes patrullaba y los más que pudieran juntar a abrir el almacén de pólvora, y al otro que inmediatamente que se efectuase la insurrección enviare 10 hombres a reforzar la cárcel, y se fuese son 30 o 40 a cubrir la sala de armas y los pocos restantes acudiesen a mi casa para ejecutar las órdenes que se les dieran, y para que pudiesen obrar activamente mandé al administrador de pólvora franquearse dos arrobas de ella al sargento Argote y a quien igualmente mandé que se le diesen 25 pesos de la tesorería general para cartuchos, piedras de chispas y reintegrar al alcalde primero, don Antillón Justos, de dos pesos con quien mi orden había gratificado un emisario por cuyo medio nos imponíamos y esperábamos llegar al caso de las más funestas resoluciones que pudiesen haber en la insurrección que se intentaba.
Todas estas providencias las tomé el día 10, de resultar de que habiendo llamado a los alcaldes y principales de los barrios aquella mañana, aunque pretendí hablarles con dulzura y suavidad, cierta indiferencia, frialdad o qué sé yo qué sería que advertí me precipitó a mi genio natural de forma que les hablé con tal tono y resolución que salieron muy quejosos de mí y luego se fueron juntos a repasar mis palabras. En este estado escribí el 11 a Suchitoto a Apopa y Cojutepeque y di orden a San Jacinto parte inmediatamente que tuviese la más leve noticia de haber tenido efecto de insurrección se dirigiese a esta ciudad sin esperar mis órdenes y viniesen a ponerse a ellas y auxiliar al gobierno…
Se decía que 15 días antes había habido una junta en la casa de don Manuel de Arce, regidor de esta ciudad y que a ella había citado Santiago Rosales, esto se decía, pero nadie afirmaba su contenido y solo presumíamos que debía ser el origen del alzamiento y ese su objeto. Me fui a la sala del cabildo de donde mandé a llamar al escribano y luego a Antonio Campos, aquel probó que había sido convidado pero que no había querido ir, luego hice venir a Santiago Rosales, que no negó y solo dijo que no había sido cita, sino convite para dar el parabién a don Manuel de Arce y don Manuel Escamilla por el casamiento de sus hijos…








