Existe un cuento popular en el cual un hombre paseaba por una calle, al cruzar ve en la esquina una niña mal vestida, muy delgada, pidiendo dinero para poder comer; el hombre sintió como se le arrugó el corazón de dolor ante tal escena. Inmediatamente, y cansado de tanto sufrimiento en el mundo, lo que la teoría eticista conoce como «el mal moral», gritó al cielo con los ojos cerrados y exclamó: «¿Dios por qué permites esto y no haces nada al respecto?». Prestamente Dios le dijo: «Te he hecho a ti».
Ante tal situación expuesta, es necesario considerar algunos puntos clave para el desarrollo idóneo de esta columna; ciertamente hay tanto dolor en el mundo, seguramente cada lector sabe muy bien las circunstancias adversas que ha tenido que sobrepasar o aún está en ese proceso. Pero hay algo tan verídico en el cuento popular planteado anteriormente; más que enojarnos por el dolor en el mundo, deberíamos hacer algo; pues cada ser humano ha nacido con capacidades/dones que le permiten resolver, crear, construir y deconstruir.
Más que la queja, debemos tomar partida en la solución de los grandes males que aquejan a la humanidad y a sí mismos. Estoy de acuerdo que el alcance de un trabajo nuestro no tenga la repercusión mundial necesaria, pero también estoy convencido de que lo que se pueda mejorar en nuestro derredor ya es en sí un cambio en la realidad y por tal en el mundo; pues, como siempre lo ha expresado la mística de forma metafórica, una hoja que se corta en la tierra hace que explote una supernova.
Por supuesto, debe existir en cada elemento humano un impulso real e intenso (pero con responsabilidad) para modificar algo en la realidad; pero mientras se esté solo con la disposición de luchar por el núcleo familiar sin importar las circunstancias de los demás, nunca habrá un cambio real y continuo en la sociedad; esperar que sea solo el Gobierno quien resuelva todos los males históricos de un país es no tener ni comprensión de responsabilidad ciudadana ni verdadera alma cristiana.
Por tanto, como decía el maestro cínico Diógenes: «Gente mucha, personas pocas». Y se debe crear una nueva cultura en la que cada vez más los ciudadanos tomen el papel que corresponde, como el cuento popular con el que se inició; si no hay quien se encargue de algo o alguien, está uno, que con poco puede hacerlo. A veces la gente con mayores dificultades que uno, con que se le dé una sonrisa en la calle, un saludo, una conversación, hace el cambio en sus vidas, ya no se diga darles un pan.
Es así como considero que algo se puede hacer si las sociedades comienzan a despertar la conciencia y se crea una cultura en la que cada ciudadano se haga responsable de su propia responsabilidad (no es una cacofonía, sino una reiteración), se estaría abarcando casi la totalidad de la nación con un trabajo por el otro; no me cansaré de expresar lo que nuestros antepasados tenían tan claro «in lak’ech hala ken», yo soy otro tú, tú eres otro yo. Somos un solo medio, no especies distintas.
Como expresaba el maestro José María Arguedas: «El individualismo agresivo no es el que va a impulsar bien a la humanidad, sino que la va a destruir». Es tiempo ya que los salvadoreños y la humanidad en general comiencen a crear la cultura del compartir, del hacer algo yo y no esperar que el otro haga; pues es débito de todos el que una nación, un continente y el mundo sea próspero y desarrollado en lo social, económico, cultural y ambiental.
Por tanto, el progreso tanto del interior como del exterior de un pueblo nace de la voluntad real de hacer señales personales, uno a uno, no de esperar que otros hagan algo; desde una actitud serena, pasando por un gesto de compromiso, hasta mover piezas del tablero comunal, todos podemos hacer algo; y ese algo mueve y conmueve, hasta empezar un engranaje accionario que pueda instaurar un verdadero cambio social y volvernos agentes de cambio y no agentes de queja.
¿Nos animamos? Let’s do it.






