Al pensar en la niñez se ve con añoranza la vida de esa época. Buena parte de los momentos vividos siguen latiendo y son los responsables de la personalidad de un adulto.
Las inseguridades, insatisfacciones y miedos de afrontar situaciones en la niñez pueden continuar en la etapa adulta y hasta podrían empeorar considerando los nuevos roles que se asumen en casa, en el trabajo, con las parejas o los amigos.
«Los seres humanos, de manera inconsciente, nos creamos ciertos mecanismos de defensa, ciertas máscaras para protegernos del dolor que nos generan estas heridas. De esta forma, vamos por el mundo juzgando y culpando a los demás sin darnos cuenta que todos somos niños heridos, atrapados en el cuerpo de adultos», explica la psicóloga Cindy Durán.
Las heridas de infancia pudieron ser ocasionadas por los padres, familiares cercanos, amigos u otras personas del entorno social del niño o la niña que, si bien en ese momento no fueron significativas, en la vida adulta suelen ser la razón del porqué han forjado un carácter, posiblemente, muy difícil y que ocasiona daño a los demás.
«Las heridas de la infancia se convierten en las experiencias que todos los seres humanos hemos vivido en algún momento. Unas con mayor prevalencia que otras, que se derivan mucho del estilo de crianza, las condiciones sobre las cuales fue construida la familia, la falta de recursos económicos, el vestuario, entre otros. Generalmente, al momento de proveer estar necesidades (externas o materiales) se olvida de propiciar las condiciones psicológicas que van a fomentar el desarrollo psicológico de todas las personas», detalla la psicóloga.
No obstante, se espera que en la adultez todas las personas deberían tener la capacidad para identificar las acciones positivas o no que realizan, es decir, cómo es su trato con los demás para así tomar las correctivas, si fuera necesario. De esta manera, las personas podrían vivir plenos y con mucha tranquilidad en su casa, con sus amigos, en el trabajo y con sus vecinos.
Cómo saber si mi niño interior necesita ayuda
Cuando un adulto no es capaz de afrontar un problema con resistencia, pueda ser que haya una herida de infancia.
Para evidenciar los signos de estas heridas no hay un método especifico, pero sí señales como la ansiedad, depresión, fracasos en relaciones amorosas, problemas de convivencia con los compañeros, agresividad, inseguridad, miedo y desconfianza.
«Otra forma de identificar que tenemos problemas es por el sentido de insuficiencia, de insatisfacción en diferentes áreas de la vida, que se relaciona mucho a cómo me hicieron sentir de niño o niña. Nosotros, como cultura, normalizamos la violencia. Entonces, puede ser que no identifiquemos que hay un mal dentro de nosotros, pero psicológicamente sí lo hay», agrega.
Para sanar a un niño interior es recomendable buscar ayuda profesional y uno de los propósitos es desarrollar la habilidad de autoanalizarse, sobre todo a nivel afectivo. Esto permitirá identificar las acciones cuestionables que nos dominan como adultos con la intención de superarlas y al mismo tiempo podría desarrollarse el sentimiento de empatía para sí mismo y para todos los que rodean al adulto.
Heridas frecuentes
La psicóloga explica que existen diversas heridas que se han generado en la niñez y estas son las más frecuentes:
Miedo al abandono: Suele aparecer cuando el niño o a la niña no se le nutre la parte afectiva ya sea porque papá o mamá se encuentran ocupados propiciando otras condiciones de vida. Cuando los padres no prestan atención al niño o niña no se logra fomentar la seguridad o no es posible ayudarle a identificar las emociones. Estas necesidades se van presentando en diferentes etapas de la vida.
Quienes han sufrido algún tipo de abandono en su niñez crecerán con carencia afectiva, pueden llegar a sufrir dependencia emocional e incluso tolerar ciertas actitudes de otras personas solo por el hecho de no quedarse sola; aunque, también puede ocurrir lo contrario y ser ellos quienes abandonen a los demás.
Miedo al rechazo. Suele aparecer cuando un niño o niña sufre bullying en su entorno social o familiar e impacta grandemente su autoestima. Cuando un niño o niña sufre algún tipo de rechazo, burlas, maltratos verbales, se daña el amor propio y se genera el autodesprecio.
De adulto, esta persona puede responsabilizarse del por qué le va mal en el amor y llega a pensar que es la causa del problema. Puede suceder que esta persona sufrirá mucho por algún pequeño señalamiento o crítica y para evitar esto, posiblemente, dependerá del reconocimiento y la aprobación de los otros.
Humillación. Suele aparecer cuando el niño o niña vive en constante comparación con otros niños o sus hermanos. Muchas veces, los padres suelen comparar a sus hijos con la intención de motivarlos sin saber que están destruyendo la autoestima infantil. El ridiculizar al niño o criticarlo también les afectan grandemente en las etapas de la vida.
Cuando este niño crezca siempre buscará la manera de ser útil y aceptado, buscará que los demás acepten. Un adulto que ha sido humillado, generalmente, tiende a olvidarse de sus propias necesidades y se dedica a complacer a los otros por ganarse su cariño y respeto. En la vida de pareja, puede desencadenar una dependencia emocional.
Traición. Suele aparecer en aquel niño o niña a quien se le promete algo y no se le cumple, sobre todo si es algo de manera repetitiva. Aquí se involucra una posible infidelidad de alguno de los padres y se comienza una especie de duelo, dándole al pequeño o pequeña una idea de cómo son de dañinas las relaciones interpersonales.
El adulto que vivió traición de niño difícilmente podrá entablar una relación que le permita sentirse pleno por el temor de ser traicionado. Esta herida emocional construye una personalidad fuerte, posesiva, desconfiada y controladora.
Injusticia. Suele aparecer cuando el niño o la niña tiene unos padres muy autoritarios o fríos, que le exigen demasiado y crean en los hijos sentimientos de inutilidad.
El que un niño se críe con muchas carencias puede despertar un sentido de injusticia que influirá en su vida personal de adulto, quizás volviéndolo demasiado ambicioso y sin que le importe dañar a otros mientras consiga lo que quiere.
De adulto, será una persona con baja autoestima, fanático del orden, perfeccionista y con la incapacidad de tomar decisiones. Además, le costará aceptar otros puntos de vistas, es decir, sus opiniones serán verdades absolutas.
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Cindy Durán es psicóloga clínica y catedrática universitaria. Brinda atención de manera presencial y en línea. Puede contactarla en su Instagram como psicoduran_ o al número 7613-0030.







