Al referirme a los graves problemas que enfrentan los Gobiernos de España, México y Venezuela debido a la corrupción y en los dos últimos casos también al narcotráfico, he utilizado dos términos: decisivo y definitorio, que algunos lectores me han pedido explicar un poco más.
Ocurre que hay batallas decisivas y hay batallas definitorias. Entender la diferencia entre ambos conceptos es imprescindible para no perderse en un laberinto de especulaciones ociosas, respecto a una situación política o militar concreta.
Esto en el entendido de que en México y Venezuela las veleidades de los bandos en pugna están transitando de lo político y lo policial al ámbito propiamente militar.
Pues bien, por ejemplo, en 2019 Nayib Bukele pasó de candidato a presidente, eso fue una batalla y a la vez una victoria decisiva por cuanto ganó el poder Ejecutivo; sí, pero el Legislativo y el Judicial y, por tanto, el resto de las instituciones, continuaban bajo el control de sus adversarios.
En otras palabras, si se tratara de un tema de ajedrez diríamos que Nayib habría conquistado la centralidad del tablero y puesto en jaque al régimen bipartidista. Pero solo eso.
La batalla definitoria, en cambio, es de carácter estratégico. Es decir que, aprovechando la ventaja posicional traducida en acumulación y ampliación de fuerza, esta batalla se libra para resolver o finiquitar el conflicto en forma definitiva al pasar del jaque al jaque mate.
En el caso de Nayib Bukele eso fue precisamente lo que ocurrió en 2021, cuando fue capaz de obtener una mayoría legislativa calificada con la que arrebató totalmente el control del Judicial y del resto de las instituciones a sus adversarios, a quienes por añadidura desfondó al marginarlos a la estricta irrelevancia política.
Vale decir que esas dos batallas, la decisiva y la definitoria, fueron libradas y ganadas de manera democrática en las urnas.
Eso es lo que en toda regla se denomina una batalla y a la vez una victoria definitoria o estratégica. Así pues, al ser el resultado de una progresiva acumulación y ampliación de fuerza, traducida en ventaja posicional, esa batalla definitoria se convierte en lo que en toda regla puede denominarse una batalla síntesis.
Se comprende entonces que en España, México y Venezuela, aunque con diferentes matices y tiempos, en los tres casos se está pasando de la fase decisiva a la fase definitoria.
Como puede verse, todo reside en una dinámica de continuo fortalecimiento o debilitamiento de los bandos enfrentados. El examen cuidadoso de la correlación de fuerzas es, pues, el factor que otorga objetividad al análisis de situaciones semejantes a las aquí planteadas.
El punto de resolución o desenlace del conflicto, en España y México, puede ser calculable en meses, pero ese mismo punto en la situación venezolana puede ser calculable en semanas, días o incluso horas.
Una última cosa: ¿Qué tenemos nosotros los salvadoreños que ver con lo que pasa en esos tres países? Mucho, por cuanto el combate frontal a la corrupción y al crimen organizado, como condición indispensable para alcanzar el desarrollo, es ahora el centro de nuestra lucha, y en eso ya somos emblemáticos a escala mundial.







