Imagine un telón que se alza por más de medio siglo y que revela una historia de pasión inquebrantable y resistencia artística. Así es el Teatro Hamlet desde su fundación, el cual se ha convertido en un testimonio vivo de cómo el amor por las artes escénicas, la ingeniosidad y una dedicación a prueba de todo pueden forjar un legado cultural que se teje a través de las décadas.
La historia del Teatro Hamlet es tan rica como el drama shakespeariano que le da nombre. Sus raíces se remontan a la década de 1960, cuando los jóvenes Nelson Portillo y José Antonio Ramírez, se conocieron por el amor al teatro.
«Yo estaba en el grupo de teatro de la Escuela Nacional de Comercio (ENCO), y él (Nelson) dirigía el grupo de teatro del Instituto Miguel de Cervantes. Tenía 14 y él 16, y nos juntábamos porque el Ministerio de Cultura de aquella época hacía los festivales estudiantiles de teatro a nivel nacional, en oriente, occidente y centro. Nos habíamos conocido antes, pero el arte nos acercó un poco más, porque ese año él ganó la mejor obra de teatro y la mejor dirección. Yo, por el lado de la ENCO, nos llevamos a la mejor actriz y mejor actor», recuerda José Antonio.
Al cumplir la mayoría de edad, ambos jóvenes sintieron la imperiosa necesidad de llevar su vocación más allá del ámbito estudiantil, buscando una profesionalización que diera continuidad a su compromiso con la dramaturgia. Empezaron a construir las bases para lo que sería una travesía de más de 50 años. En 1972, acompañados por la actriz Irma Elena Fuentes, nació el grupo de teatro.
La elección del nombre, Hamlet, también encierra una historia peculiar. Inspirados en la icónica obra de Shakespeare, Nelson e Irma Elena buscaban un nombre emblemático. Aunque hubo sugerencias de nombres con raíces salvadoreñas como Atlacatl, Atonal o Mazorca. La persistencia de Nelson y el respaldo de Antonio los llevó a elegir Hamlet.
Sin embargo, la decisión no estuvo exenta de críticas. Un director de teatro argentino que residía en el país, Darío Cossier, al conocer el nombre increpó a Nelson, calificándolo de «atrevido» por no elegir un nombre más autóctono. A pesar de eso, el nombre se mantuvo, resonando con fuerza a lo largo del tiempo y convirtiéndose en sinónimo de calidad y tradición.








Precursores del teatro infantil
El Teatro Hamlet no solo se ha distinguido por ser uno de los más antiguos, sino por ser pionero en el género del teatro infantil en el país. La idea surgió de una experiencia personal de parte de los fundadores durante su estancia en México, donde obtuvieron una beca gracias a la conexión con René Lacayo (el único actor salvadoreño afiliado a la Asociación Nacional de Actores de México, ANDA).
«Él nos hizo la conexión, era para tres meses, pero estuvimos como ocho. Tuvimos experiencias de producción, de dirección y montaje de espectáculo, de allá trajimos nosotros la idea de los cuentos infantiles que empezamos como en el 83», recuerda Nelson.
Al regresar al país deciden incursionar en este género. «Caperucita Roja» fue la primera obra montada, marcando el inicio de temporadas teatrales infantiles con clásicos como «La Bella Durmiente», «Blancanieves», «La Cenicienta», «El Mago de Oz», «Pinocho».
Un momento importante que recuerdan es cuando Paco García, un reconocido director salvadoreño de zarzuela y ópera, les sugirió llevar sus producciones a un espacio más grande, el Teatro Presidente. Aunque inicialmente dudaron por la magnitud del lugar, la visión de García, quien se encargó de todo el montaje escénico, permitió al Teatro Hamlet presentarse ante cientos de personas. Trabajaron en ese recinto durante aproximadamente 17 años, desde 1982 hasta 1994.
Compromiso social y desafíos
Teatro Hamlet ha tenido muchos desafíos, como el ser una fuente de empleo para incontables artistas, técnicos y artesanos, desde costureras y sastres hasta zapateros y carpinteros, quienes han contribuido a la creación de vestuarios y escenografías impresionantes. La dedicación al detalle y el respeto por el público son pilares fundamentales de su filosofía, como lo demuestra la creación de elaborados vestuarios para obras como «Las 1000 y una noches», donde se contrataron bordadoras y zapateros que confeccionaron babuchas con diseños con patrones específicos.
También ha incursionado en una amplia diversidad de géneros, desde el teatro bíblico («Jesús de Nazaret» fue su primera obra) hasta la comedia musical, la sátira política y el drama histórico. Obras como «La muerte del Dr. Enrique Araujo» y «Gerardo Barrios» son ejemplos de su compromiso con la recuperación de la memoria histórica del país. En el ámbito de la comedia musical tuvieron el honor de colaborar con el maestro Alejandro Muñoz Ciudad Real, el primer director salvadoreño de la Orquesta Sinfónica, con quien montaron cuatro obras con orquesta en vivo, enriqueciendo aún más la experiencia teatral.
A lo largo de su historia, Teatro Hamlet ha sido testigo de la desaparición de muchos grupos teatrales, pero ha logrado subsistir gracias a la perseverancia y el inquebrantable espíritu de sus fundadores.
A pesar de los cambios en la industria y la creciente influencia de la tecnología, continúan adaptándose e innovando. La gratificación más grande, según sus integrantes, es ver cómo el público se ha mantenido fiel a través de las generaciones, con padres que llevaron a sus hijos al Teatro Presidente en el pasado y ahora regresan con sus nietos.







