Desde tiempos ancestrales el ser humano ha estado regido por los fenómenos naturales, solsticios y equinoccios marcan el inicio y el corazón de las estaciones, el ciclo agrícola y pastoril, así como una serie de creencias a través de mitos, ritos y ceremonias.
Según el historiador Bernardo Martínez, los solsticios dividen el ciclo anual en dos partes, una ascendente y otra descendente. La primera trayectoria va del solsticio de invierno al de verano o viaje del Sol hacia el norte, de Capricornio a Cáncer; el segundo recorrido va desde el solsticio de verano al de invierno o viaje del Sol al sur, de Cáncer a Capricornio.
Mircea Eliade citando las tradiciones griegas menciona que los solsticios están relacionados con las edades y los ciclos del mundo, como una sucesión de creaciones y destrucciones, de allí que Heráclito hablaba del fin del mundo por el fuego (ekpyrosis) y Platón (Timeo, 22 C) por el agua. Estos desastres tendrían lugar en los solsticios, el diluvio en el solsticio de invierno y la conflagratio durante el solsticio de verano.
Algunas celebraciones antiguas asociadas al verano son Beltane y Midsommar. La primera correspondía al inicio del calor estival y tiempo de pastoreo en la cultura celta, se festejaba el 1 de mayo y era acompañada de hogueras. James Frazer en la «Rama Dorada» dice que los celtas llevaban su ganado alrededor de los fuegos de Beltane para purificarlos de enfermedades y fuerzas negativas. También tenían por costumbre hacer sacrificios humanos que de forma alegórica sobrevivían en dramatizaciones como la quema del «espíritu del grano» o el «lobo verde», representantes del alma del bosque que los conectaba con sus raíces arcaicas.
Midsommar por su parte —mitad del verano en sueco— es una festividad pagana que sobrevive al día de hoy y se celebra a finales de junio, el fin de semana después del solsticio de verano. Esta fiesta conmemora la fertilidad de las cosechas y las personas, así como el renacimiento de la naturaleza, siendo un elemento característico de sus festejos, el Midsommarstången o Palo Mayo en torno al cual las personas departen comiendo, cantando y bailando.
Ampliando el significado del Palo Mayo, dice Frazer que desde tiempos remotos los campesinos cortaban un árbol de los bosques cercanos en primavera o los primeros días del verano, incluso en el día de San Juan durante el solsticio de verano, y lo llevaban a la aldea en donde en medio de una gran algarabía lo incrustaban en el suelo adornándolo con flores y guirnaldas de colores.
En otras latitudes como en Tuhou, Nueva Zelanda, las tribus maoríes atribuían a los árboles la capacidad de fertilizar a las mujeres. En la Europa medieval se tenía por costumbre colocar una rama verde el primero de mayo ante la casa de la mujer amada, aduciendo el poder fertilizador del espíritu del árbol.
El Palo Mayo representa la potencia fecundadora de la naturaleza, como un falo que penetra la tierra para engendrarla, de allí que en su búsqueda participasen muchos jóvenes quienes se adentraban de noche a los bosques y de donde retornarían muy pocas muchachas vírgenes.
Frazer también menciona sobre la víspera del «día mayo» o «noche de Walpurgis». En el corazón de la cultura germánica, esta fiesta era el equivalente a la Noche de Beltane de los celtas. Su nombre honra a Santa Walpurga, quien ayudó a San Bonifacio a convertir a los alemanes, y en ella se llevaban a cabo hogueras para ahuyentar a los malos espíritus, quemándose ramas y plantas con simbolismo protector y purificador, como astillas de teas, abeto y romero.
Sin embargo, es en la literatura donde esta celebración adquirió una connotación más oscura. Autores como Goethe, en su obra «Fausto», popularizaron la idea de que al crepúsculo se llevaba a cabo el mayor de los aquelarres de toda Europa, reuniendo a demonios, brujas y otras criaturas en una bacanal satánica.
En Centroamérica la fiesta del Palo Mayo o Maypole en Nicaragua es el resultado de la influencia de la cultura inglesa —en Bluefields— y la fusión con las culturas afrodescendientes quienes le impregnaron bailes frenéticos y sensuales acompañados de percusión, festejando las primeras lluvias y marcando el inicio de las cosechas.
En El Salvador, el Día de la Cruz, del tres de mayo, es producto del sincretismo cultural en que se mezclan elementos del cristianismo con creencias prehispánicas, celebrando la llegada de las tempranas lluvias asociadas con los cuatro puntos de la Tierra y deidades como Tláloc y Xipetotec o «señor desollado», este último representaba el revestimiento de la tierra con el verdor y nuevos frutos, asociándose con el árbol de jiote como su encarnación, el que reviste de nuevo la vida.
En cuanto a los rituales de verano en el cine esta «The Wicker Man», de 1973, en donde el protagonista, el policía Neil Howie, es enviado a la isla Summerisle para investigar la desaparición de la niña Rowan Morrison, encontrándose con que sus habitantes practicaban antiguos cultos paganos celtas. La escena final muestra a Howie siendo quemado vivo dentro de un muñeco gigante de mimbre repleto de animales y teniendo como telón de fondo el solsticio estival.
Otras películas que vale la pena mencionar son «Midsommar» y «Ritos ocultos», basadas en cultos alusivos al solsticio de verano, imagen alegórica del cénit de la existencia, pero que en su lado más brutal busca apaciguar a los dioses a través de sacrificios humanos en el intento de mantener el equilibrio universal.







