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SEGUNDA PARTE / «Chirajito es mi padre, mi héroe, mi maestro»

Rolando Alfaro, hijo de Chirajito, continúa narrando en primera persona las vivencias junto a su padre, a quien admira, recuerda y ama con intensidad.

por Edición Victor Hugo Dueñas • Relato de Rolando Alfaro (Trapito)
21 de junio de 2025
En DeVida
Tiempo de lectura:5 mins read
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Me llevaba a los parques, a los circos, a que aprendiera de los ahora mis compañeros payasos. Con orgullo, yo les contaba a mis amigos: “Ahora soy el hijo de Chirajito. Ellos me decían: “Pero, él es tu papá”. No entendían ese doble papel, no entendían la diferencia de ser hijo de don Arístides y ser hijo de Chirajito.

Desde esa fecha (22 de octubre de 1972) actuábamos juntos, yo era su payaso-pareja y su comparsa en los shows de tarima, circo y teatros.

Mi papá, después de defender a un compañero payaso bailarín de una agresiva injusticia donde fue golpeado por el dueño de un circo, buscó formas y personas para fundar el ahora Sindicato Gremial de Artistas Circenses de El Salvador (SGACES), con el fin de proteger al compañero circense, como también buscar apoyo para ellos.

Me llevaba a las instalaciones del sindicato a las reuniones, platicaba sobre administración, cómo ver la necesidad del compañero del circo, cómo buscar métodos de ayuda.

Mi papá, don Arístides, fue mi primer instructor en organizaciones, en ser líder, en saber cómo delegar. Siempre fue un buen líder. Lo respetaron por cada cosa que impulsaba para beneficio del gremio.

Mi padre, mi héroe, mi maestro, siempre me impuso ser un buen payaso, un buen artista.

Me inculcó el respeto a los compañeros de circo. Me decía que la vida del circo es dura, que yo la debería de experimentar, vivir y compartir en él, ya que del circo nacen buenos artistas.

Para finales de los setenta se creó un circo que pertenecía al sindicato SGACES con el fin de apoyar más al gremio. Mi padre me envió por siete meses a compartir y a vivir la experiencia del circo.

Mis tutores eran dos personajes, Trompo Loco y el señor Rivera, Cotorrito (QEPD), de quienes aprendí mucho.

Cuando me llevó al circo Dimensión 77 les dijo: “Aquí les traigo a mi hijo para que aprenda y viva lo que es el circo. Un favor les pediré, no quiero que lo traten con privilegios por ser mi hijo. Él será un empleado más aquí, que aprenda a montar y desmontar el circo. En la pista que aprenda tal como se aprende en el circo, que duerma igual que todos. Aquí se los dejo”. Me abrazó diciéndome: “Me siento orgulloso de vos, mi hijo. Aprendé y conocé de dónde viene tu tata”.

Siempre estuvo pendiente de mis estudios. Él me daba un poco más de privilegios que a mis otros hermanos.

Muchas veces salimos fuera del país, a Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, dos de estos países fueron intercambio por medio del sindicato.

Una vez veníamos de Nicaragua junto con el Mago Bali y el señor Gilberto Coto. El bus en el que veníamos tuvo desperfectos mecánicos. No había forma de buscar ayuda, la carretera estaba sola y el próximo pueblo estaba a 110 kilómetros.

Era la época crítica de Nicaragua y recuerdo que mi héroe (mi padre) se me acercó al oído diciéndome: “No te alejés del bus, cuidá nuestra ropa de payaso, mantenete con Bali. Yo iré por ayuda”.

Yo solo pensé en la situación de ese país. Mi papá se metió por unos matorrales y a los 20 minutos venía cabalgando un caballo. De lejos nos gritó: “Ya regreso, voy por ayuda”. A las tres horas regresaba acompañado con un señor en un camión. Al llegar soltó al caballo. Gracias a ese heroísmo logramos seguir nuestro rumbo.

Mucha gente no sabía quién era él, pero Bali se encargó de comentar su nombre. Los nicaragüenses y otros salvadoreños le aplaudieron y lo vieron como un héroe. Le decían: “¡Gracias, Chirajito!”. Yo, como siempre, me sentía orgulloso de mi héroe, mi padre.

Otra anécdota donde mi papá se despojó de sus cosas fue cuando veníamos de Sonsonate. Había un calor fuerte, la calle estaba super caliente. Cuando pasamos por la salida de Sonsonate, vio a una anciana caminando con unas bolsas de papel en sus pies. Él, rápidamente paró el vehículo, se quitó los zapatos diciéndole a la anciana: “Madre, ¿hasta dónde va?”. La señora creo que dijo a unos kilómetros más, dijo que venía del centro de Sonsonate.

Le pidió a la señora que se sentara bajo una ramada, le dio agua y la calzó con sus zapatos diciéndole: “Mire madrecita, son de hombre, pero le protegerán sus piececitos, súbase al carro, la llevaré a su casita”. Ella muy agradecida se subió al carro y la pasamos a dejar a su humilde hogar.

La segunda vez que lo vi llorar con su maquillaje de Chirajito fue una mañana en los alrededores del Seguro Social. Estaba un niño dormido en la acera, cubierto con un cartón. Un hombre llegó y empezó a orinar cerca del niño. Chirajito salió del vehículo dirigiéndose al hombre y le dijo: “¡Ey, nombre! ¿Qué está haciendo? Que no ve que está una criatura ahí acostada. Además, eso no se hace en lugares públicos. El hombre sacó una pistola amenazando a Chirajito y este, quitándose la peluca y la nariz roja, le dijo: “Detrás de este maquillaje hay un ciudadano defensor de los niños de la calle”. El hombre se acercó más con la pistola en mano, amenazándolo. Mi papá le arrebató la pistola, le sacó las balas, la arrojó a un predio baldío y le dijo: “¡Estos niños merecen respeto!”. El hombre disculpándose salió de la escena.

Mi papá, con su maquillaje en la cara, tomó al niño en sus brazos. Llorando le dijo: “Chirajito te protegerá, estás a salvo. Venite con nosotros”, y el niño se vino con nosotros. Después del show lo fuimos a dejar donde una señora que vendía carne en el Hula Hula.

En otra ocasión veníamos de Santa Ana, caía una gran tormenta. Ya estaba oscuro, eran las 8 de la noche. Pasábamos el puente de El Congo y el vio a un niño de unos 12 años bien mojadito. Mi papá se detuvo, le dijo al niño que se subiera al carro, que lo llevaría a su casa. El niño temblando de frío dijo que iba hasta Colón, que había perdido el último bus. Estando en el carro, mi papá me dio instrucciones de que me quitara la ropa que llevaba puesta, se la diera al niño y me pusiera mi ropa de payaso. Así, de esa manera actuaba el corazón de mi padre, ayudaba sin mirar a quién.

Etiquetas: Arístides Alfaro SamperEl SalvadorRolando AlfaroTrapito
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