En un despliegue artístico que trasciende fronteras, los muralistas salvadoreños Marsella Quijano y Gonzalo Vázquez han plasmado su arte en el corazón de Tamaulipas, México. Su obra en la ciudad de González no solo ha transformado un espacio público, sino que ha tejido un relato fascinante de sueños premonitorios y tradiciones ancestrales compartidas. El mural, creado bajo el inclemente clima y la mirada curiosa de los habitantes, se erige como un testimonio de resiliencia, arte y lazos compartidos entre naciones.
No es la primera vez que Marsella y Gonzalo cruzan fronteras con sus botes de pintura. Su primera incursión en suelo mexicano, en febrero de este año, fue respuesta a una convocatoria abierta del Renace Street Art Festival, en Ciudad Mante. Su arte resonó con tal fuerza que esta vez la invitación fue de forma directa.
«El proyecto Renace es un faro que busca reactivar el tejido social a través del muralismo, para que las personas se apropien de sus espacios y les den una nueva vida», detalló Gonzalo.
El festival, desarrollado del 16 al 22 de junio, congregó a 30 artistas de distintas latitudes (26 mexicanos, dos salvadoreños, un colombiano y un argentino) y prometía días de sol para el trabajo al aire libre. Sin embargo, la naturaleza tenía otros planes. «Nos decían los locales que, con la llegada de los artistas, también llegaron las lluvias», recordó Marsella entre risas, evocando el contraste con los 10 años de sequía que, según los lugareños, afectaba la región.
Durante los días finales del festival la lluvia fue una compañera constante. Afortunadamente, un pequeño techo sobre su lienzo les brindó un refugio milagroso para la pintura. «Llovía, tronaba y relampagueaba, pero nosotros estábamos ahí, con la vista puesta en terminarlo», añadió Gonzalo.









Un mural que nace de lo onírico
La inspiración para la obra, que mide 8 metros de largo por 2.5 de alto, no brotó de una idea preconcebida, sino de un fascinante entrelazado de sueños compartidos por Marsella y Gonzalo.
«En este caso, fue una fusión de sueños que tuvimos, que se dieron antes del viaje a México y durante el viaje. Lo hablamos y decidimos integrar los dos sueños para que pudiéramos plasmar la imagen en el mural y dar ese mensaje», relata la artista.
En uno de los sueños que tuvo Marsella observó cómo un nahual con figura de oso limpiaba el cielo, revelando un firmamento estrellado. Otro de sus sueños fue una verdadera manifestación que la llevó a visitar Monte Albán, en México.
«En el mural, la parte del rostro de la persona que está a la derecha es quien apareció en mi sueño, quien me dijo que viajara a Monte Albán porque se nos iba a entregar algo. Eso fue años atrás, pero en mí siempre estuvo el deseo de viajar a ese lugar. Al hacerlo, lo recorrimos y cuando cerraron el sitio fuimos a otra ruina. Allí estaba un guía espiritual haciendo una ceremonia, nos llamó y se nos dijo algo personal. Lo que me llamó también la atención es que él tenía un oso», recuerda la muralista.
Es así como en el mural el rostro de una figura etérea a la derecha se fusiona con un tigrillo de barro que conecta con la huella del oso en el centro.
En el caso de Gonzalo, en su sueño vio buganvilias vibrantes y una serpiente que se deslizaba entre sus ramas. Según detalla, en el arte prehispánico la serpiente es un potente símbolo de medicina y conocimiento. Así, el lado izquierdo del mural cobra vida con la figura de una anciana con vestimenta típica y una cesta rebosante de plantas medicinales, rindiendo homenaje a la sabiduría ancestral. Su larga trenza (un tributo al paso del tiempo y a la conexión con la Tierra) se transmuta en la cabeza de una serpiente que entrelaza el conocimiento con la naturaleza.
«En el arte, tanto como el conocimiento, hay un proceso que consiste en tres fases: la primera es la adquisición del conocimiento a través de la observación de la naturaleza, la segunda es procesar esa información y lo podemos hacer a través de la parte racional o de la parte sentimental. Luego, la última parte de ese proceso, es devolver a la realidad ese conocimiento, pero transformado. Esto se hace a través de las manos y eso es lo que simboliza ese personaje a la izquierda», detalla el pintor.
El mensaje del mural no acaba allí, ya que es un tapiz de más simbolismos. Dos máscaras (una de venado y otra de tigrillo) se yerguen frente a cada personaje. El venado es un guiño a la abundante vida silvestre de González y el tigrillo alude al verdadero nombre de Monte Albán, «Dan y Veje», que significa «la montaña del tigre o la montaña sagrada del jaguar».
La dualidad del jaguar y el venado pulsa con la energía ancestral de la cultura latinoamericana, pero también recuerda a la danza del tigre y el venado que se desarrolla en San Juan Nonualco, en El Salvador.
El renacer de Street Art Festival
El festival surgió hace seis años y es «un es un movimiento social para el despertar de la conciencia colectiva, el rescate de espacios públicos y la reparación del tejido social a través del arte público».







