Llegó el 15 de septiembre de 2021, en el que se cumplen 200 años de la firma del acta de independencia de España del Reino de Guatemala, el punto de partida de nuestra historia, llena de momentos que han determinado a nuestra sociedad, como levantamientos indígenas, golpes de Estado, guerras civiles y un sinfín de decisiones de cúpulas económicas y políticas que, muchas veces, lejos de avanzar, nos hicieron retroceder o estancarnos en el camino al desarrollo de El Salvador.
Como todo momento representativo, hoy toca hacer un alto en el camino para intentar responder el sentido de la celebración de 200 años de vida independiente. Más allá de los elementos anecdóticos e históricos que hay detrás de dos centurias, es importante volver a los orígenes de lo que somos como salvadoreños y plantear las aspiraciones de la sociedad, sobre todo hoy que el Gobierno del presidente Nayib Bukele, junto con los otros órganos de Estado, empuja una serie de transformaciones para abrazar el futuro de la nación.
El primer elemento es tener claro que El Salvador está dejando de ser una «finca» particular, porque desde que se gestó la independencia, en 1821, siempre hubo una pugna de intereses externos e internos que nunca nos dejaron lograr nuestras verdaderas pretensiones soberanas.
Esto lo vivimos en diferentes momentos a lo largo de estos dos siglos en los que hubo profundas diferencias entre sectores conservadores y liberales, luego de la ruptura con España; la apuesta por el añil y el café en su momento y, por último, los modelos económicos neoliberales posteriores a la guerra civil que tanto nos sumergieron en la pobreza y el subdesarrollo, aunados a crisis políticas que socavaron aún más las desigualdades durante los últimos 30 años de bipartidismo.
Por eso, el presidente Bukele está marcando una ruptura entre lo viejo y lo nuevo con importantes disposiciones, para que El Salvador salga adelante. Es esto lo que no comprenden los gendarmes de lo anacrónico: en vísperas de entrar al inicio del tercer siglo de nuestra vida soberana, hoy por fin avanzamos hacia la verdadera libertad, rompiendo las cadenas del pasado, limpiando al Estado de prácticas vetustas y encendiendo el nuevo motor para estimular el verdadero progreso.
El otro tema es hasta dónde podemos ser realmente independientes y soberanos en un contexto globalizado. No hay duda de que la definición de estos dos elementos ha cambiado, en contraste con lo que vivió El Salvador hace 200 años, pero debemos luchar para que las condiciones de nuestro país sean las que determinen cada una de las decisiones políticas, económicas y sociales.
Acá, el presidente Bukele ha marcado un punto de quiebre y demostrado que, en la lucha contra la pandemia de la COVID-19, la recuperación económica y la relación respetuosa y de cooperación con todos los países, hay un modelo propio y de autonomía, retomando nuestros valores y la definición de salvadoreñidad, saldando deudas como el voto en el exterior, dando alternativas para el envío de remesas como parte del soporte a nuestra economía y creando condiciones para lograr por fin el «milagro salvadoreño» y reducir la migración como la única opción para salir adelante.
Es así como llegamos al bicentenario, con un país que en menos de dos años y medio ya dio el salto que no pudo dar por décadas, con un líder vanguardista, disruptivo y transformador, algo incómodo para la vieja guardia de los que tuvieron una oportunidad de hacer algo por El Salvador, pero optaron por lactar solo para sus intereses. Se logra por fin el anhelo de hombres y mujeres que vieron en esta tierra una oportunidad para hacer realidad el Dios, Unión, Libertad.
Es probable que para muchos aún haya ataduras y que los problemas sigan siendo críticos, pero la hoja de ruta está clara, el camino se está recorriendo a buen ritmo y los avances son evidentes. Quien no quiera ver eso, pues primero que se quite la venda ideológica y el criterio selectivo antes de responder lo que no requiere anteojos.
¡Feliz bicentenario, El Salvador y Centroamérica!






