Los estudiosos de nuestro país, tanto locales como extranjeros, se encuentran bastante confundidos y desorientados al no poder caracterizar el estado de la situación en la que se encuentra El Salvador ni poder predecir el rumbo hacia el que lo encamina el presidente Bukele.
Acostumbrados a aplicar esquemas y análisis predeterminados, algunos basados en modelos de economía política relacionados con las democracias liberales de la pos-Segunda Guerra Mundial y esquemas ideológicos propios de la Guerra Fría, no comprenden esta nueva forma de transformación profunda que se está llevando a cabo sin violencia, sin disparar un tiro, sin poner bombas, sin encarcelar, desaparecer o asesinar enemigos políticos, como se pretendió hacer en la guerra de los años ochenta.
Bukele está haciendo lo que los revolucionarios durante 20 años luchamos por hacer y cuando se tuvo el Gobierno durante 10 años no se hizo; se le dio la espalda al pueblo y se transó con sus enemigos.
De ahí los nuevos ricos de la izquierda corrupta. La narrativa sobre una «deriva autoritaria» ante las acciones de un presidente fuerte, que en sus dos primeros años en el Gobierno enfrentó el «statu quo» atrincherado en la Asamblea Legislativa y en la Corte Suprema de Justicia, no se puede explicar.
Son incapaces de aceptar que el ejercicio del poder popular —otorgado libre y democráticamente por el soberano en las elecciones del 28 de febrero de 2021— en una cuota necesaria y suficiente para hacer las profundas transformaciones que desde el Ejecutivo, en armonía con los otros dos órganos fundamentales, se están llevando a cabo, son exactamente las reivindicaciones históricas que el pueblo esperaba.
Sus ataduras ideológicas, en algunos casos, y el compromiso con los sectores que están viendo afectados sus ancestrales intereses no les permiten entender que la ruta hacia el futuro está trazada en el Plan Cuscatlán y el presente se aborda con los planes de contingencia exitosos desde gabinetes eficientes como el de Salud, que enfrentó la pandemia de la COVID-19 y que nos coloca como un ejemplo a escala mundial; o el de Seguridad, con el Plan Control Territorial con el que estamos ganando la batalla contra las pandillas.
Entonces el problema para comprender a El Salvador de hoy radica en el eco y la validez que se le otorgue a la información ses gada y tendenciosa que los aparatos ideológicos del viejo sistema se encargan de difundir sistemáticamente. Periódicos, radios y televisoras, algunas redes sociales, tanques de pensamiento y universidades que durante el régimen anterior gozaron de canonjías y privilegios y las ONG financiadas desde el Estado mantienen una campaña de denuncia por lo que hace o deja de hacer el presidente y su Gobierno.
No importa si en entidades serias de la comunidad internacional se le reconoce su desempeño y liderazgo. Siempre buscarán destacar lo negativo. Este presidente no es perfecto, es humano y comete errores. Toda obra humana será siempre perfectible, y la crítica será siempre bienvenida cuando sea sincera, honesta y propositiva. Hasta hoy no vemos nada parecido en los señalamientos domésticos y foráneos; al contrario, pareciera ser que hay una epidemia en este sector «intelectual» de periodistas «incómodos» y de defensores a ultranza de los derechos humanos, que sin ejercer una rigurosa labor profesional, sin investigar a fondo, sin desplazarse al interior del país, sin conversar con la gente que vive en las comunidades donde se aprecia el esfuerzo del Gobierno se dedican desde la comodidad de sus oficinas en Washington, Nueva York o Londres, o desde sus confortables apartamentos en los barrios exclusivos de San Salvador a pontificar sobre «violaciones a los derechos humanos», el autoritarismo del presidente, el riesgo de la democracia (la del pacto corrupto del FMLN/ARENA por supuesto).
En fin, se trata de tener un poco de paciencia, pues aquellos que de forma ingenua han caído y creído en esta espiral de mentiras, si son honestos, pronto se les caerá esa venda de los ojos; y quienes lo hacen con una agenda de confrontación política, con un proyecto totalmente opuesto al del presidente Bukele y que busca regresar al pasado, que fueron derrotados en 2019 y 2021, pues que se preparen para dar la batalla por sus intereses en las próximas elecciones de 2024. De eso se trata la democracia. Esta es una batalla entre lo nuevo y lo viejo.
Cada quien que tome su lado. Lo que no se vale, no es aceptable ni ético ni políticamente, es cubrirse con ropaje académico ni adoptar posiciones neutrales o independientes, cuando se tiene un lado, una opción. El juego debe ser limpio. Engañar a periódicos, revistas u otros medios internacionales que repiten consignas y noticias falsificadas es un atentado al derecho de los lectores, de ambos lados, los unos por generarlos y los otros por reproducirlos.
Lo mismo aplica para algunas cancillerías que reciben informes de sus embajadores, vinculados social, política o económicamente a los sectores de oposición; como para agencias y representaciones de organismos internacionales. Recordemos que la mentira tiene piernas cortas y la verdad siempre la alcanza.






