Óscar Antonio Ramírez recuerda que en 1993 visitaba un lugar muy remoto en su tierra natal, El Refugio, en Ahuachapán, un lugar conocido como San Juan El Espino, de calles con suelos rocosos, arcillosos y abundante barro, la principal materia prima de los artesanos de la localidad para elaborar ollas, comales, tazas y artesanías que luego comercializaba. Relata que era el cliente que más se apasionaba por ese arte y eso hacía que no lo sintiera como un trabajo, a pesar de que era su rutina.
Cinco años después afirma que, de tanto ver, un día creyó que algo había aprendido y se sentó en el patio de su casa, se animó a elaborar el primer retrato de un rostro tallado en barro, lo perfeccionó, lo vendió y se convirtió en el artesano que ha dedicado 25 años de su vida a elaborar máscaras, rostros, ollas, ceniceros, tazas, pipas y otras esculturas, que forman parte de su propia fuente de empleo.
«Iba a esos lugares, con mucha paciencia escogía las mejores piezas para revenderlas, hice clientes, luego me animé porque me gustaba. Aprendí solo con ver y cuando algunos artesanos se dieron cuenta, me ayudaban», relata Óscar, que tiene 64 años.

época. Cinco años después comenzó a hacer sus piezas.
Este artesano actualmente reside en la colonia El Ángel y ha adecuado un espacio de dos metros en el patio de su casa para elaborar las piezas.
Afirma que tallar caras es su mayor fuerte. Además, se considera que desarrolló la habilidad para decorar las piezas con colores naturales, es decir, que provienen de los minerales de la tierra, sin utilizar químicos.
En sus piezas resalta el rojo, el café, el negro y el blanco. Resalta que es una persona bendecida porque nació cerca de la tierra de los ausoles, lugar donde es propicio para descubrir colores, que la misma tierra produce y pueden ser variados. Cuenta que los cambios que ha tenido el país han servido para acercar turistas extranjeros.
Ellos son los que piden más piezas, porque deciden llevar este tipo de recuerdos a sus países.







