El Gran Teatro de Xinjiang es un despliegue para los sentidos. Se alza imponente con una forma de cúpula gigantesca para resguardar en su interior finos acabados, decoraciones impresionantes y un escenario que sorprende continuamente.

Durante la presentación, que duró hora y media, pantallas que cubren todo el escenario e incluso el techo muestran imágenes de la épica historia de los uygur, el pueblo originario de Xinjiang, una región autónoma de China que deslumbra por su cultura.

Además de la música, los atuendos, los bailes y la historia que va contando la presentación, resulta fascinante la incorporación de caballos y dromedarios, que son dirigidos por diestros jinetes. Hay un momento que incluso cabalgan al galope sobre unas bandas estacionarias que salen a un costado.
El escenario es un derroche de tecnología, con secciones que se alzan, otras que se hunden y que dan paso, primero, a un área llena de agua, que después, sin que uno apenas se dé cuenta, sea una pista de hielo.

El techo, en el que se proyectaba el cielo de Xinjiang e imágenes de la historia, de repente de abre y surge una bailarina que desciende de largos trozos de telas, que manipula de acuerdo con la música. Más tarde, media docena de bailarines se mueve por el aire. La obra termina con el escenario convertido en una inmensa cascada en la que decenas de artistas bailan y exhiben sus atuendos.







