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La utopía social desde sus renglones torcidos (parte I)

por Por René Martínez Pineda / Sociólogo y escritor
18 de noviembre de 2024
En DePalabra
Tiempo de lectura:5 mins read
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Vivimos una coyuntura que se puede definir como «tiempo-limbo», en tanto permite reinventar lo obje­tivo y subjetivo, si se tiene la correlación de fuerzas; un tiempo particular que es más complejo que un laberinto sin centro, en el que somos testigos de las intentonas del pasado, por volver a pasar.

En esta coyuntura que huele a estructura vemos a la oposi­ción —que dejó de ser política, porque no tiene ninguna cuota de poder ni en el Estado ni en las calles ni en el imaginario popular— perfeccionando su talante «negacionista» —por falta de liderazgo histórico y de un ideario de cara al pueblo—, y vemos, también, que esa oposición ha hecho de las mentiras, del ruido y de las noticias falsas su doctrina, deseando que sea cierto que las «fake news» tengan 70 % más posibilidades de ser compartidas que la verdad.

Su táctica ha sido simple: perver­tir deliberadamente la utopía social por la que miles dieron su vida. Esa ha sido su misión política y, sinceramente, la han cumplido muy bien y con una dis­ciplina envidiable, ya que se necesita mucha disciplina para ser, al mismo tiempo, un corrupto y un pervertidor consuetudinario.

En medio de la hojarasca que le­vantan los sujetos sociales que luchan a muerte en el tiempo-limbo de los cambios sobresalen las redes socia­les, que no son sociales; la inteligencia artificial, que aleja de la cultura política democrática; los bufones mediocres, como patéticos pregoneros del pa­sado; y una rancia estirpe de líderes embalsamados que ignoran —o no comprenden, por conveniencia o tozu­dez— la teoría revolucionaria —aunque vivan de mencionarla—, lo cual ponen en evidencia con sus acciones, omisio­nes y discursos demagógicos en los que la sopa de patas —no la revolución social— es el punto central.

Más allá de esa hojarasca, la sociología de la historia —que le apuesta a la memoria, extrayendo los olvidos que la pueblan— le­vanta la mano para asumir su papel de partera de la utopía social que, en un acto de dignidad, reivindica sus renglones torcidos y se reinventa a sí misma desde sus márgenes. Es la sociología de la historia —o la sociología con pertinencia histórica— la que permite decodificar el proceso en el que el comportamiento social —co­lectivo e individual— se fusiona orgánicamente a la utopía, lo que lleva a comprender que esta no está hecha de palabras, sino de acciones concretas y proyectos con futuro.

Y es que la utopía social desde sus renglones torcidos es la epistemología para reinventarla y romper el paradigma del ne­gacionismo (que no tiene un signo ideológico particular), y esa es una forma de ampliar las presencias del presente, reducir los olvidos y, así, limitar el futuro a la vivencia de pocas, pero certe­ras, historias factibles que se reproducirán en el imaginario, y en la memoria, en tanto historicidad de la conciencia que para salir avante anida en un personaje que la resume, y que es, por méritos propios, el referente de todo lo que sucede, debido a que es una singularidad sociológica. En el caso salvadoreño, ese personaje es, sin duda, Nayib Bukele.

La utopía social en tiempos de reinvención no es una res­puesta dada, sino muchas preguntas dándose. ¿Qué le puede aportar la sociología salvadoreña a la utopía en modo latinoame­ricano? ¿Qué tipo de ilusiones, rebeliones y motivación social se pueden socializar desde un El Salvador que no salvaba a su pue­blo? Más allá de que fuimos víctimas de la expropiación y la repre­sión desde el primer llanto de la nación, me atrevo a afirmar que El Salvador, en especial, fue bautizado por una utopía que se movió entre las pesadillas y los sueños: las pesadillas de las masacres, la corrupción, la impunidad, la emigración forzada, la delincuen­cia, el fraude electoral y los salarios mínimos minimizados; y los sueños de libertad, autodeterminación, soberanía, igualdad social, paz, seguridad alimentaria y, como corolario, el «sueño mayor» de que lo público sea mejor que lo privado y que esté a la mano de los pobres, para que estos sean tratados dignamente como ciu­dadanos.

Como país seguimos siendo una colonia después de la Inde­pendencia: la colonia de la oligarquía, y esa es la razón por la cual somos el pueblo de la paradoja duro-blandito. El sueño mayor que nos acompaña limitaba, al oeste, con las haciendas cafetaleras que nos expropiaron las tierras comunales, ejidos y manos; al nor­te, con el ejército genocida que se inventó una guerra para frenar la organización popular de las bananeras y disimular, en 100 ho­ras, el desempleo feroz de las décadas; al este y suroeste, con los manglares que fueron la réplica de la desigualdad social; y el río Lempa, que nos hicieron creer que era el más largo y caudaloso del mundo, nacía en la conciencia de los descalzos, y desembo­caba en el mar progresista de las rebeliones del añil, del café, del arroz teñido, de los cuadernos universitarios rotos y, solo hasta el final de dos siglos que repitieron 200 veces el primer año, surgió la rebelión de los indignados, cual versión tardía de la Revolución francesa en las gradas del Palacio Nacional. Así se forjó eso que en los años setenta y ochenta llamamos utopía social como sinónimo de revolución social, cuyo poder de convencimiento fue tal que hasta tomamos las armas antes de que fuera demasiado tarde, antes de que el tal Masferrer nos convenciera, para siempre, de la inevitable y feliz dictadura del mínimum vital y su dinero maldito que era cliente asiduo de las cantinas y burdeles. Y es que, desde que abrimos los ojos como país recién nacido, asumimos una utopía que no comprendíamos, aunque la sentíamos y celebrábamos, no obstante ser una patria sin patriotas debido a que la mayoría carecíamos —y carecemos— de patrimonio heredable. Si tuviera que nombrar los muchos fan­tasmas que ha tenido la utopía social, al reflejo me remontaría a los próceres mestizos de la independencia, a los decretos de Tepetitán, redactados por un indígena analfabeta que se adelantó, más de un siglo, a la declaración de los derechos humanos; a la conciencia de clase que negó a la clase social a la que pertenecía, usando el bálsamo de Teotepeque o el humo de los fusiles de los batallones de fusilamiento; a la huelga general de brazos caídos que se traicionó a sí misma, en 1944, solo porque no encontró nada mejor que hacer, ni tuvo a quien mandarle un telegrama ce­lebrando el triunfo; a las ideas libertarias que, a solas y en silencio, transcribí de los textos de Marx, para nutrir al cuaderno de socio­logía general que me sirvió de parapeto en los años ochenta; y, como corolario, a la rebelión electoral de febrero que, haciendo del celeste una versión existencial de la sangre derramada, nos hizo entrar en el siglo XXI, 19 años después de haber iniciado.

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