Luchas colectivas siempre existen en el mundo, algunas de buen calibre y justas, y otras, perversas, en las que «tontos útiles» encabezan sindicatos, gremiales y ONG para pelear por batallas ajenas, las de particulares que forman parte de las argollas de poder. Obviamente, esos intereses privados son cubiertos con vestimentas de gestas de pueblo y respaldadas por los dueños de medios. Y, así, los grandes cambios que tanto anhelan las mayorías nunca llegan por más surgimiento de estallidos sociales.
Este tipo de situaciones conlleva un agotamiento de sistemas políticos e institucionales y una extrema división de la sociedad que, difícilmente, disfruta de cambios en su favor, y es presa de la desesperanza y el conformismo.
Es así que la llegada de institutos políticos nuevos, con sueños de cambiar la forma de gobernar, terminan, casi en su totalidad, estrellándose en las barreras del verdadero poder. Y, así, la voluntad suprema de quienes manejan los destinos de las naciones destierra toda posibilidad de renovar o reformar sistemas políticos y judiciales.
Esas barreras, que son variadas, protegen las reglas que los sectores pudientes imponen a las sociedades, rigen los procesos electorales para la continuidad del sistema e, incluso, manosean la autoridad moral de varios líderes religiosos. Permiten, también, la polarización política, pues partidos ideologizados son la mejor fórmula para fomentar la parálisis de toda sociedad.
Quebrantar eso, realmente, es de valentías descomunales. Y para romper toda parálisis no queda de otra que combinar liderazgos fuertes con cambios en normas, y realizar acciones de choque contra todo lo que impide nuevos sistemas favorables a las sociedades. Las medias tintas no sirven. Los miedosos que sigan debajo de las camas. No solo hay que parecer bizarro, hay que serlo.
Un ejemplo claro para el mundo es lo que sucedía en El Salvador antes de 2019, cuando nadie parecía tener la capacidad ni el valor de romper con el patrón del mal y de llevar a cabo los cambios que tan desesperadamente necesitábamos los salvadoreños.
Y, ahora, este mismo mundo sigue sorprendiéndose de las acciones del líder al frente de la nación. ¿Y qué admira? El éxito indiscutible en seguridad, su lucha en contra del terrorismo, del crimen organizado y narcotráfico, de cómo hace frente a las crisis económicas y pandemias con acciones contundentes. En otras palabras, logros que benefician a toda la población.
Estoy claro de que el liderazgo de Nayib Bukele, reconocido mundialmente, causa escozor en algunos políticos y funcionarios de otras naciones, que no esconden su envidia y que, en lugar de empujarlos a cambiar su estilo obsoleto y de pésimo gusto para la sociedad, prefieren ir contra corriente.
Cometen el mismo error repetitivo del porcentaje ínfimo de la oposición salvadoreña. Basta analizar los casos de ARENA, FMLN y sus partidos apéndices, en los que el patrón de oportunismo de estrategias políticas de sarcófago aún sigue activo.
Para el caso, los diputados de la oposición esperan con ansiedad que cualquier grupito de personas vocifere en contra del Gobierno para salir a abrazarlos y sumarse a sus «justas», sin importar que vayan en contra de la mayoría de la población. Bueno, qué mejor ejemplo que los que luchan para que se levante el régimen de excepción, cuando más del 90 % del pueblo lo respalda y exige que se mantenga.
O de ONG provenientes del FMLN que inventan cifras –como la de 30,000 inocentes capturados— con el único fin de seguir alimentándose del financiamiento de pares internacionales y de actores nacionales que no escatiman esfuerzos para volver al sistema ladrón y asesino de tricolores y exguerrilleros.
No hay país en el que su gente no anhele encontrar la ruta de su bienestar. Pero para eso debe romper el patrón del mal. Sí, requiere líderes firmes y valientes, y una sociedad unida para lograrlo. Sí se puede y es la lucha colectiva que vale la pena. Los salvadoreños lo logramos.
Por cierto, en su sexto año al frente de la nación, Nayib tiene el 89 % de aprobación. El pueblo no se equivocó al quebrar al poder fáctico y su monigote sistema bipartidista.






