Hace varios años tuve una serie de reuniones con Joaquín Villalobos para hablar de problemas de coyuntura, pero también de temas históricos relacionados.
En una de esas ocasiones me contó un incidente que, tiempo después, me fue corroborado por el exvicepresidente de Nicaragua Sergio Ramírez Mercado cuando ambos formamos parte de un jurado de un concurso literario.
El hecho era el siguiente: A finales de 1982 hubo en La Habana una reunión de la comandancia general del FMLN en la que, además, participaron en calidad de aliados estratégicos representantes del Gobierno, altos representantes cubanos y sandinistas.
La mesa estaba presidida por Fidel Castro y el objetivo era, mediante la firma de un documento de compromiso y consenso, el diálogo y la negociación como vía de solución del conflicto armado salvadoreño.
Luego de una larguísima y previsible perorata de Fidel Castro, cuatro de los cinco jefes máximos del FMLN firmaron el documento, pero Cayetano Carpio, el comandante Marcial, se limitó a agregar de su puño y letra una cláusula en la que hacía constar que él y su organización, las FPL, no estaban de acuerdo con la decisión tomada.
El documento, así modificado, regresó a cada uno de los ahí presentes para su reconsideración. Entonces Joaquín Villalobos tomó la palabra y apeló al principio del centralismo democrático que regía o debía regir en el FMLN.
Ese principio establece claramente tres imperativos: el individuo se somete al colectivo, el organismo inferior se somete al superior y, en todo caso, la minoría se somete a la mayoría.
Villalobos concluyó afirmando que la cláusula de reserva era inaceptable por cuanto representaba únicamente la posición personal e individual de Marcial, ya que este se encontraba en franca minoría tanto en el comando central de las FPL como de la comandancia general del FMLN.
Hubo un silencio muy denso al cabo del cual Fidel Castro se puso en pie, dio unos cuantos pasos hasta la silla de Marcial, puso frente a este el documento y le dijo con voz firme: «Chico, firma esto sin ninguna reserva».
Villalobos me dijo que Marcial estaba pálido y que sudaba y trasudaba sin decir ni hacer nada, hasta que él también se puso en pie frente a Fidel y le dijo con voz apagada que necesitaba reflexionar a solas unos momentos.
Acto seguido el comandante Marcial, devastado y con los hombros caídos y la cabeza baja, caminó lentamente por un pasillo hasta que se perdió de vista.
«Un hombre en guerra es un hombre desesperado, y un hombre desesperado es capaz de cualquier cosa», me dijo Villalobos, y agregó: «Marcial está completamente derrotado, abrumado, y cuando lo vi alejarse por aquel pasillo pensé: este se va a suicidar».
El comandante Marcial no se quitó la vida ese día, pero sí lo hizo algunos meses después, solo que antes de su suicidio ocurrió el atroz asesinato de la doctora Mélida Anaya Montes, comandante Ana María, segunda al mando de las FPL.
Como se sabe, Marcial fue acusado de haber ordenado el cometimiento de aquella barbarie, ¿pero esa acusación fue fundada en una realidad comprobable o en una gran mentira formulada y orquestada por sus propios compañeros de lucha y sus aliados estratégicos?
Han pasado 42 años desde aquellos terribles sucesos, pero esa es la pregunta que trataré de responder, con suficientes argumentos y evidencias, en la investigación que estoy realizando y de la cual esta y las siguientes columnas solo son un pequeño avance.






