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Paradojas, contradicciones y dilemas

por René Martínez Pineda / Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria
1 de agosto de 2025
En DePalabra
Tiempo de lectura:3 mins read
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El Salvador es un territorio de paradojas temporales, contradicciones graciosas, historiadores infames y dilemas grotescos, desde que unos fulanos de tal, con buena cara y mala leche, pusieron sus firmas en el acta de nacimiento del país que nació muerto, o medio muerto.

En toda su existencia —tan llena de sangre, corrupción e impunidad, que formaron parte de su patético folclore— hasta lo absurdo, acabó siendo una experiencia religiosa, debido a que aprendimos, por las malas y las magulladas, a soportar con cristiana resignación todo lo malo del cielo y la tierra.

Por esa razón de la sinrazón, fuimos y somos capaces de soportar, estoicamente, hasta a los imbéciles que dicen que la gente humilde no es un intelectual de la verdad pragmática, y que, además, no merece estudiar ni comprar en lugares de lujo, ya que ese lujo está reservado para los pudientes.

En ese tedioso ir y venir de las paradojas y contrasentidos, se tejieron dos siglos de explicaciones historiográficas a las que llamaron «cultura del más vivo», para no llamarlas «errores de nacimiento», y todos sabemos que las explicaciones son, al final, errores bien maquillados en la narrativa del victimario.

Como ciudadanos, fuimos tan solo la primera estrofa de un himno indiferente con nuestras necesidades, urgentes e importantes, pues se nos convenció de que, como tumulto sin rostro ni nombre, habíamos venido a este mundo a sufrir y a no poder ser. Por ello, nos convirtieron en ciudadanos sin ciudadanía, y lo único que nos quedó como arresto de vida, y como patrimonio sin posibilidad de impugnación, fue la ilusión, debido a que la ilusión brota en el territorio de la agonía, hasta convertirse en el instinto de sobrevivencia, en su estado más puro y sublime.

El Salvador pasó de ser un país pobre a ser un país empobrecido, adrede; pobrecito país que era él, diría Roque pensando en el terruño en el que, cuando la mayoría simple se ponía de acuerdo en las urnas, ese acto protocolario era la peor de las esperanzas.

Sin embargo, el país era nuestro espejo, porque para vernos y pensarnos, tal cual éramos, teníamos que hacerlo frente a él. Claro está que eso era un asco, literalmente un asco, porque es triste pensar sin sentir, y sentir sin pensar.

Pero nada estaba perdido, ni era tarde para remediarlo y empezar de nuevo desde el principio, o sea desde el 15 de septiembre de 1821, para cambiar la narrativa, y hacer una parada el 15 de enero de 1992, para escribir la fe de errata oportuna que diga que: la forma de impedir que surjan los nuevos victimarios es dándole la palabra a las viejas víctimas para que hagan justicia.

A estas alturas, la guerra social ya no es una cuestión de fusiles ni represión de las personas, sino de narrativas parapetadas en lados opuestos del campo de batalla y, entonces, los libros y poemas de amor escritos —y escribiéndose, día a día— son el único lugar confiable y tibio de la casa, porque esa guerra es la última y definitoria, y eso nos dará la fuerza necesaria para forjar nuestra verdadera identidad cultural y eróticamente social, algo así como jugar a reinventar el país en la cancha de la dialéctica del hierro y la corrosión, o en las reglas del jaque mate y el enroque, o en el avance haciendo una pared en la entrada del área chica del país.

En este momento, decimos las palabras que se dicen, en secreto, en el relato de las víctimas; comemos los alimentos que se comen en la mesa sin funerales precoces; soñamos el país que se sueña cuando, debajo de la almohada, están guardadas las ilusiones de los hijos… y solo dolerán los dientes de leche de los hijos que ya no están, por culpa de lo que no soñamos antes.

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