En la calle aún estaba el rótulo de madera que advertía: «Cuidado. Hombres trabajando». El vigilante de un almacén aledaño le contó al sargento Castillo que ese rótulo lo habían puesto en la esquina la noche anterior, ya casi de madrugada, un hombre y una mujer que se conducían en un Volvo celeste.
Momentos después, un hombre pidió hablar con el sargento Castillo de manera discreta. Fueron a una cafetería cercana, que a esas horas estaba solitaria. Según el informante, el Volkswagen gris fue bloqueado por delante y por detrás por dos taxis. Los atacantes fueron los que simulaban ser trabajadores, y recibieron apoyo de unas cinco personas más, dos uniformados como policías y los otros vestidos de civil, incluyendo dos mujeres.
El informante estaba parado justo en la esquina, esperando cruzar la calle. El Volkswagen gris quedó frente a él. Uno de los atacantes le gritó que se marchara. Era un joven fornido, de estatura mediana, que usaba unos lentes de miope con gruesas monturas negras de carey.
Al girar de modo apresurado para alejarse del lugar, el informante tropezó con una muchacha rubia «que parecía de buena familia», y que llevaba una pistola en la mano derecha. El informante agregó que, desde hacía cuatro días, el hombre de los lentes de miope, acompañado por la rubia, o a veces por otro joven de pelo rojizo y ojos azules, parqueaba un Volvo celeste a unos cuantos metros de la esquina, y ahí se quedaban platicando un rato.
Una hora después, el sargento Castillo examinaba el Volkswagen gris, abandonado relativamente cerca del lugar de los hechos, en las inmediaciones de la iglesia san José de la Montaña.
En la guantera encontró una nota mediante la cual se exigía un millón de dólares por el rescate de Ernesto Regalado Dueñas. La nota estaba firmada por las Fuerzas Armadas Rebeldes, FAR.
Las FAR operaban en Guatemala y ya habían realizado varios secuestros. Dirigidas políticamente por el Partido Comunista, esa guerrilla fue fundada en 1962 por desertores del Ejército: el coronel Augusto Loarca y los tenientes Luis Trejo, Yon Sosa y Augusto Turcios Lima.
El sargento Castillo comunicó todo lo averiguado al teniente Roberto d’Aubuisson, que por entonces comenzaba a prepararse como un oficial de inteligencia. Cuando d’Aubuisson cruzó toda la información, encontró un informe servido años atrás por la estación local de la CIA: entre 1962 y 1963, un grupo de jóvenes comunistas centroamericanos recibió instrucción militar en Cuba. El curso lo impartió, entre otros, el general republicano español Ángel Martínez, que peleó junto a los soviéticos en la Segunda Guerra Mundial, y después junto a los vietnamitas en Dien Bien Phu.
Entre aquellos jóvenes estaban algunos guatemaltecos que luego llegarían a ser los jefes de las FAR. También unos salvadoreños, de quienes se consignaban ocho nombres: Blas Escamilla, Jorge Arias Gómez, Carlos Hidalgo, Tomás Guerra, Manlio Argueta, Ricardo Castro Rivas, Jorge Federico Baires y Roque Dalton.
Según el informe de la CIA, en los años posteriores, Roque Dalton había sostenido contactos con dos de los guatemaltecos, Rolando Morán y César Montes, con el objeto de articular una estrategia insurgente para toda la región centroamericana.
Algo sabía el teniente d’Aubuisson sobre Roque Dalton. Su nombre aparecía en la lista negra de la Guardia Nacional en todos los puestos en que él había estado destacado.
Además, por orden del general Medrano, había leído con suma atención el libro ¿Revolución en la revolución?, en el que Dalton demostraba un vasto conocimiento del tema de la guerra de guerrillas.
(Fragmento de mi libro «Héroes bajo sospecha». Continuará).






