Ante el éxito de la construcción del sistema político democrático y del nuevo modelo económico, que benefician directamente a la ciudadanía salvadoreña, a los detractores del Gobierno de El Salvador les resulta difícil atacarlo; por ejemplo, proferir a los salvadoreños que hay una dictadura, cuando precisamente la población tiene una historia bicentenaria de dictaduras y autoritarismo y fue a partir de 2019 que vive en paz, democracia, respeto de los derechos humanos y seguridad.
El Salvador se ha convertido en un área geográfica blanco de ataques por individuos que desearían que este país centroamericano ostentara elevados índices de violencia y corrupción, como los que actualmente sufren los países del continente occidental y del mundo. Entre las agresiones de los «escribidores» encontramos que al Gobierno lo etiquetan de autocracia, por el hecho de que el presidente Bukele y su Gobierno cuentan con el respaldo y confianza de casi toda la población.
Los «escribidores», en sus pretendidos «análisis acientíficos» de la realidad salvadoreña, no comprenden ni dimensionan teóricamente los hechos empíricos, en ausencia de la aplicación de los elementales métodos y técnicas de investigación científica; por tal razón, recurren al empleo de la imaginación para describir e interpretar la praxis política salvadoreña. Si ontológicamente existe desconocimiento de las estructuras y sus respectivas dinámicas de los procesos políticos, económicos y sociales del país, es obvio que sus interpretaciones son erróneas; además, el contexto nacional de sus propios países y la esquematización teórica que detentan, aunado a que no hacen uso de los instrumentos epistemológicos para entender el novísimo fenómeno salvadoreño, significa que no lo podrán decodificar ni descomponer.
Entre los «escribidores» se encuentran los intelectuales mercenarios, que por encargo se dedican a escribir artículos en periódicos y revistas con el propósito de hacer creer a la comunidad internacional que El Salvador es un eminente peligro, y así evitar que los pueblos de otros países se inspiren o traten de copiar o imitar el Modelo Bukele para resolver los problemas de inseguridad ciudadana consecuencia del terrorismo, crimen organizado y de la corrupción de los dirigentes políticos tradicionales.
Estos «escribidores», en su afán de desprestigiar la reconstrucción o construcción de los sistemas políticos democráticos y los modelos económicos inclusivos, con el propósito de que no surjan en sus respectivos países de procedencia, los desprestigian y descalifican recurriendo a epítetos a los que les imprimen una acepción negativa en su argot «intelectual». A los gobiernos de fuerte apoyo popular nacional, regional y continental, como el caso del salvadoreño, a los escritores a sueldo les causa pánico o terror; sin embargo, lo que no toman en consideración es que el Modelo Bukele, independientemente de sus deseos y voluntad, incluso a pesar de sus ataques, se ha erigido como un paradigma irrefutable.
La legitimidad del Modelo Bukele se sustenta en la capacidad que ha demostrado de forma exitosa para resolver problemas estructurales seculares e históricos, asimismo, a satisfacer necesidades que habían sido demandadas por diferentes sectores nacionales; por tal razón, el respaldo al Gobierno es multiclasista, porque el centro y objetivo primordial es el ciudadano, independientemente de la ideología y de pertenencia a la clase social. Los cambios estructurales y reformas se han dado sin necesidad de haber hecho una revolución, golpe de Estado, huelga de brazos caídos, marchas masivas de protestas, revolución, barricadas, etcétera.
En El Salvador se está dando actualmente una revolución pacífica, que incluye una modernización administrativa, tecnificación, digitalización y fortalecimiento de las instituciones del Estado enfocados en dar un servicio público de calidad, ético, expedito y con calidez a los usuarios, en un contexto nacional de seguridad y certeza jurídica.
Los opositores al Gobierno salvadoreño en su afán de desacreditar ponen de manifiesto el desconocimiento de teorías, conceptos y categorías de la ciencia política y de la sociología, tratan de descalificar a la democracia salvadoreña; sin embargo, lo que logran es poner en evidencia el bajo nivel académico de sus pretendidos artículos de «investigación científica».
En este exhibicionismo cientificista queda meridianamente claro que son simples panfletos; dentro de su notoria ignorancia o cumpliendo el rol de mercenarios académicos han tipificado al sistema político salvadoreño como dictadura, autocracia, populismo, neofascismo, neoliberalismo, fascismo neoliberal, autoritarismo, ultraderecha, derecha radical.
Entre los opositores existe mala intención, incomprensión o confusión ideológica en cuanto a la caracterización del sistema político y modelo económico salvadoreño. A partir de 2019 se dejó evidenciado que es un sistema y modelo capitalista, pero no neoliberal; por ejemplo, durante la pandemia se privilegió la salud y la vida de cada uno de los ciudadanos y no primó el interés de los grandes empresarios ni de los medios de producción sobre la persona natural. Igualmente, la ley se aplica a todos por igual, ya no hay ciudadanos de primera categoría, privilegiados ni blindados, ahora a todo aquel que comete un delito se le aplica la ley.
Ciertos detractores en su interés de desprestigiar a como dé lugar al presidente Nayib Bukele afirman que la ideología del Gobierno salvadoreño es una «ideología extraña», que tiene «indefinición ideológica», que es la misma ideología de «los Chávez en Venezuela y de Ortega de Nicaragua», que es un «modelo social de corte neoliberal». Observamos que la ubicación ideológica del sistema político salvadoreño va desde el fascismo hasta llegar al comunismo.
Esta situación ocurre porque lo que está sucediendo en El Salvador no forma parte de la historia de sus países de origen, no está contemplado en los manuales ni libros de teoría política, sociológica o antropológica. Lo que actualmente se está construyendo en este país centroamericano es inédito, «sui generis» y un fenómeno; de ahí la dificultad para descodificarlo ontológicamente, y sobre todo para descomponerlo desde la epistemología, es como estar tratando de hablar un idioma que no conocen.
La derecha gobierna en beneficio de la oligarquía, la izquierda para los proletariados. En la política fáctica son dos ideologías contrarias, pero en política real son lo mismo, porque la ideología de ambas tendencias ideológicas es la corrupción.




