En una vida de 92 años han acontecido muchas situaciones y experiencias para la salvadoreña Ana María Reymundo, quien es un ejemplo de templanza y resiliencia. Nació un 26 de julio y es una mujer que, pese a su avanzada edad, todos los días prepara su venta y viaja desde San Pedro Perulapán, en el departamento de Cuscatlán, hasta el centro de San Salvador.
En su rostro son notorias las historias y las batallas que la han marcado, y mientras las cuenta, brotan lágrimas. Pese a todo, se limpia su rostro y atiende a sus clientes con carisma y una sonrisa.

«Cuando la venta está buena vendo unos mis $30 o $40, pero de eso tengo que dejar para la comidita y vuelvo a comprar producto para ir teniendo, porque si lo gasto todo, me quedo sin ganancia. Dios me ha dado la bendición de tener mi ventecita, aunque sea poco, pero ahí está. A veces no vendo nada, o solo $5, pero así la voy pasando», cuenta.
LEA TAMBIÉN: Margarita se prepara para el Festival del Jocote, en San Lorenzo
Afirma que muchas personas le preguntan por qué sigue trabajando a esta edad, y ella les responde que ahora con mayor razón debe valerse por sí misma, ya que no cuenta con nadie que la apoye. «Tuve cinco hijos y todos murieron. El último, que vivía conmigo, tenía 47 años y un mañoso me lo mató hace cuatro meses, lo tiró de lo alto y me le quebró la columna y el cerebro. Así que me quedé sola y ahora para pagar el agua, la luz y todo eso tengo que preocuparme. Él era un gran hijo, siempre me ayudaba», afirma.

Ana María vende unas coloridas canastas frente a Café Fulanos, en el centro de la capital, a precios que oscilan entre $1 y $10. Todavía se le dibuja una sonrisa cuando recuerda su primer trabajo, ya que comenzó muy jovencita a vender frutas junto con su madre, por eso anima a los jóvenes a no darse por vencidos. A veces, su problema de salud en la matriz la agobia, pero siempre encuentra las fuerzas.
«Le aconsejo a los jóvenes que quieran a su madre, que trabajen y ayuden en la casa porque yo comencé a trabajar en el IRCA [International Railways of Central America] del tren de San Salvador y ahí trabajaba vendiendo fruta, ayudándole a mi mamá. Ella tenía temor de que me fueran a hacer jarana, pero vendía hasta dos canastos. Por eso digo que para ser honrado uno no necesita de tanta cosa. Yo nunca he andado pidiendo o agarrando cosas que no me dan, es llegando mis recibos y los pago», aseguró.








