Afinales de los años sesenta, en medio de intensas jornadas de luchas obreras, magisteriales y estudiantiles contra el régimen militar, Salvador Cayetano Carpio propone al interior del Partido Comunista Salvadoreño (PCS) un giro revolucionario caracterizado por la toma de las armas.
En ese momento él era el secretario general del PCS, pero era el único obrero en el comité central; todos los demás eran intelectuales de clase media alta que más bien estaban a favor de la vía electoral sobre la base de una alianza con demócratas cristianos, socialdemócratas y sectores progresistas de la empresa privada y del ejército nacional. En esas circunstancias la propuesta de Cayetano Carpio fue rechazada.
Entonces él y un grupo de entre 15 y 20 obreros que le eran leales abandonaron el partido para conformar en la clandestinidad el núcleo inicial de una guerrilla a la que denominarían Fuerzas Populares de Liberación (FPL).
Eso ocurrió en 1969. De manera simultánea, otro grupo de jóvenes universitarios, demócratas cristianos radicalizados, se convertía en el núcleo inicial de otra guerrilla a la que llamarían Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Por su parte, el PCS, ya bajo la dirección de Schafik Hándal, había logrado consolidar la Unión Nacional Opositora (UNO) para participar en las elecciones generales de 1972.
El PCS acusó a las FPL y al ERP de ser «ultraizquierdistas aventureros al servicio de la CIA», en tanto que las dos facciones guerrilleras respondieron que el PC era «capitulador y traidor al pueblo». Pero entre las FPL y el ERP, aparte de la opción por las armas, no había otra coincidencia.
Cayetano Carpio sostenía que para conquistar el socialismo y pasar luego al comunismo no solo había que derrotar a la oligarquía criolla y sus fuerzas armadas, sino también a una inevitable intervención militar directa de Estados Unidos. Por eso planteó la estrategia de la guerra popular prolongada dirigida por una alianza obrero-campesina con hegemonía proletaria.
En consecuencia, para ser militante de las FPL, si no se tenía un origen de clase claramente obrero, era imprescindible someterse a un estricto proceso de proletarización en todos los aspectos de la vida personal. En cambio, los dirigentes del ERP, todos universitarios de clase media alta, proponían solucionar la crisis nacional a muy corto plazo, uno o dos años, mediante la combinación de una insurrección popular, encabezada por la guerrilla, y un golpe de Estado ejecutado por un sector joven de la oficialidad del ejército nacional. Para Cayetano Carpio esta última estrategia cortoplacista representaba una peligrosa desviación militarista pequeñoburguesa.
Debido a esto, naturalmente, consideraba a las FPL como la genuina vanguardia revolucionaria y única garante de los intereses de la clase obrera. Ese fue el contexto en que se generó el enfrentamiento ideológico en el conjunto de la izquierda salvadoreña. Pugna que en su primera fase, en los años setenta, fue abierta y enconada y que en su segunda fase, en los años ochenta y gracias a un precario y medio forzado acuerdo de unidad, no fue en realidad postergado sino solo silenciado.
Pero se trataba de un silencio pesado y en ebullición constante, un silencio plagado de amenazas latentes que más temprano que tarde tendrían que estallar casi como un relámpago en cielo sereno para quienes desconocían ese sedimento de tensiones ocultas o apenas disimuladas.





