«Ya estamos en la bajada», dijo un señor en la calle al referirse a que estamos a mediados de noviembre y a poco más de un mes de terminar el año.
Para los salvadoreños, este período de transición a la paz ha sido paulatino, cuando el aire comienza a sentirse más espeso y el frío toca la piel, encontramos esa sensación de paz de haber llegado al último tramo, en un país como cualquier otro, en donde al final cada persona lucha sus propias batallas, y siempre hay un pequeño fragmento de redención y satisfacción de haber pasado una vez más por la vida.
Muchos salvadoreños experimentaron recientemente algo inédito, un adelanto de aguinaldo, algo que no le cayó mal a nadie, pero que dejará aprendizajes en aquellos malos administradores y un gran respiro a quienes lo necesitaban.
En un mundo tan convulso últimamente, con guerras, genocidios, fricciones políticas, desastres naturales, recesiones económicas, crisis sociales y demás, nuestro país prevalece en una paz y un orden ajenos al caos en el que lastimosamente otras naciones y pueblos se encuentran en estos momentos. El solo recordar que hace no pocos años nosotros éramos parte de ese panorama siniestro, mientras recorría las colonias de San Salvador y veía velatorios de padres e hijos inocentes, de familias trabajadoras, vidas cegadas por la delincuencia, rostros de salvadoreños pegados al asfalto con la mirada perdida entre la tristeza y la resignación, esas caras no las veo más.
Y me llena tanto de felicidad saber que algo tan imposible de creer que pasara, pasó; siendo un país libre, como lo somos, es un hecho que no todos estarán de acuerdo en todo, pero somos más los que nos cansamos de vivir en el pasado y hemos decidido dar un paso hacia adelante y defender con ferocidad lo alcanzado.
Los días de ayer no volverán a ser los de hoy, ni los de mañana, pero algo en lo que todos están de acuerdo, sin importar el bando, es que nuestro país ya no es más una pesadilla viviente; y aunque seguimos lejos de ser un sueño andante, somos la realidad que nos merecíamos, la de poder emprender sin que nadie llegue a quitarme lo que me ha costado ganar, a caminar por donde quiera sin miedo a que por vivir en un lugar en específico me desaparezcan; la realidad de saber que mis hijos podrán vivir en una nación donde los horrores que pasaron luego solo sean historias de fantasmas y cicatrices distantes en la memoria histórica de nuestro país.
El tiempo se encargará de sepultar el recuerdo amargo de los años de sangre, la justicia hará que los nombres de esas organizaciones monstruosas sean borrados de la historia, así como también cegados de la existencia misma todos y cada uno de aquellos que formaron parte de estas, olvidados en los confines de las cárceles en donde pasarán el resto de sus vidas, un precio muy pequeño —he de decir— para todo el daño que causaron a cientos de miles de salvadoreños.
Ahora encaramos próximamente el último tramo del año, uno que barre con lo bueno y lo malo vivido meses atrás, y se asienta como el agua turbia para dejar a la vista qué hicimos bien y qué no. Ahora al caminar nos acaricia la piel como un breve recordatorio del ayer, como un destello del mañana, como el anhelo de una cálida esperanza, se arremolinan frente a nosotros un soplo de paz, un augurio de equilibrio, nos acaricia como un arco de cierre, cada mañana y cada noche, las brisas de noviembre.






