Canadá se ha posicionado como líder mundial en la donación de órganos procedentes de pacientes sometidos a eutanasia, una tendencia que aviva el debate ético sobre posibles presiones sociales y médicas hacia quienes optan por la muerte asistida.
El reciente caso de un hombre canadiense de 38 años con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), cuyo corazón fue trasplantado con éxito a un paciente de 59 años en Estados Unidos, ha encendido las alarmas.
El procedimiento fue detallado en un informe conjunto del Hospital de Ottawa y el Centro Médico de la Universidad de Pittsburgh, en el que se destacó la rapidez con la que se extrajo el órgano, apenas siete minutos después de que se declarara la muerte conforme al protocolo de la Muerte Médicamente Asistida (MAiD, por sus siglas en inglés).
Aunque el paciente había manifestado su deseo de donar sus órganos, el caso marca un hito preocupante, es el primer trasplante de corazón realizado tras una eutanasia, y refuerza una práctica que va en aumento.
Desde que Canadá legalizó la MAiD en 2016, al menos 155 personas han donado órganos o tejidos luego de recibir una inyección letal administrada por un médico. En 2024, el 5 % de los trasplantes realizados en el país provinieron de donantes sometidos a eutanasia.
Expertos en bioética advierten que esta vinculación entre muerte asistida y donación de órganos podría influir indebidamente en la decisión de los pacientes. «El deseo de no ser una carga o de hacer algo útil al final de la vida podría presionar emocionalmente a personas vulnerables para optar por la muerte», advierte un reciente artículo de revisión médica.
Además, existe preocupación sobre los protocolos de consentimiento y evaluación: en provincias como Ontario o Columbia Británica, se informa activamente a los solicitantes de MAiD sobre la posibilidad de donar órganos; en otras, como Alberta y Manitoba, no se menciona a menos que el paciente lo solicite.
Un estudio holandés ya posiciona a Canadá como el país con más donaciones de órganos tras la eutanasia, con 136 de los 286 casos registrados hasta 2021. Y si bien el éxito clínico del trasplante de corazón abre nuevas posibilidades médicas, también deja en evidencia una inquietante frontera ética.







