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China: el valor de una civilización milenaria

por David Hernández / PhD, M. A. Universidad de Hannover, Alemania
26 de mayo de 2025
En DePalabra
Tiempo de lectura:4 mins read
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Durante las últimas décadas hemos sido testigos del renacimiento de una cultura de 5,000 años de antigüedad que pasó del siglo de la vergüenza (mediados del siglo XIX hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, expoliada por colonialistas japoneses y europeos), de ser una de las naciones más atrasadas del planeta, a ubicarse como la segunda potencia económica mundial. Posible gracias a tres hechos históricos: el triunfo de la Revolución China en 1949, liderada por Mao Zedong; la Reforma y Apertura, el programa de reformas económicas «socialismo con características chinas», iniciado el 18 de diciembre de 1978, bajo la dirección de Deng Xiaoping. La meta de dicha reforma era transformar la economía planificada de comando en una economía socialista de mercado. Un tercer factor es la llegada al poder de Xi Jinping, en 2012, que realiza la profundización de las reformas económicas, el avance científico a todos los niveles, la modernización del Ejército Popular de Liberación y los logros tecnológico-cibernéticos en inteligencia artificial.

Estas reformas económicas dentro del socialismo no son nuevas. En 1922, Vladimir Ilich Lenin, con la Nueva Política Económica (NEP), sustituyó la política de «comunismo de guerra» imperante durante la guerra civil rusa por la sustitución de la apropiación excedente por un impuesto en especie en el campo (hasta el 70 % del grano se retiró durante la apropiación excedente, alrededor del 30 % con el impuesto en especie), el uso del mercado y diversas formas de propiedad, la atracción de capitales extranjeros en forma de concesiones, la implementación de una reforma monetaria (1922-1924), en virtud de la cual el rublo se convirtió en moneda convertible.

La muerte de Lenin en 1924 acabó con esta política, pues Stalin promovió una política de colectivización, de guerra a empresarios y terratenientes y de industrialización del país bajo el control totalitario del centralismo democrático, que dio paso al llamado «socialismo real».

El otro intento reformista dentro del socialismo fue la «glasnost» (transparencia) y «perestroika» (reconstrucción) de Mijáil Gorbachev en los años ochenta del siglo pasado, que naufragó, a mi modo de ver, por falta de «mano dura», cuando el problema de las nacionalidades y protestas populares lo ahogaron. A Den Xiao Ping, en cambio, no le tembló la mano para detener el golpe reaccionario de la Plaza de Tian An Men en 1989.

Desde que China comenzó sus reformas económicas en 1978, 800 millones de personas han salido de la pobreza, gracias a un crecimiento económico sostenido y a mejoras en el acceso a la salud, la educación y otros servicios.

Se reprocha a China de perseguir el desplazamiento de Estados Unidos para sustituirle a la cabeza de la hegemonía global. Beijing lo rechaza, remitiéndose al principal propósito de su proceso, es decir, lograr la modernización y el pleno desarrollo del país. Por haber sido uno de los países más atrasados del planeta que logró dar «el salto adelante» de la industrialización y el avance científico, hasta convertirse en «la fábrica del mundo», China no está interesada en ejercer ninguna hegemonía, sea política o económica, ni de saquear recursos naturales del resto del mundo, sino que comparte sus avances científicos y sus logros eco[1]nómicos con sus socios en el planeta, a efecto de que ambos reciban los beneficios mutuos de cada contraparte, una política de ganar-ganar, contraria a la política de explotación y saqueo.

Por no haber sido nunca una potencia colonizadora, China no está interesada en imponer condiciones de sojuzgamiento a otras naciones. Su megaproyecto planetario de la Ruta de la Seda lo que promulga es la creación de una comunidad de futuro compartida, sin guerras, sin fricciones, sin el vasallaje de los países «débiles» a los «países poderosos», para compartir mutuamente, entre China y el resto del planeta, los frutos de la cooperación mutua, los avances científicos, el comercio justo y el respeto mutuo de las realidades particulares de cada nación.

Ante la «guerra comercial» del presidente Trump contra China, cuyos aranceles a los productos chinos llegaron al 145 %, China respondió con una tasa del 125 %. La medida afecta principalmente a EE. UU., pues China tiene abiertos los mercados del mundo entero, mientras que EE. UU. necesita de China equipo electrónico, muebles, maquinaria, equipamiento deportivo y otros, llegando en 2024 a representar un 11 % de las importaciones estadounidenses.

Una respuesta a estas medidas fue la megacumbre de la comunidad empresarial mundial en el Gran Palacio del Pueblo en Pekín, donde el pasado 28 de marzo el presidente Xi Jinping destacó las contribuciones de dicha comunidad a los dos milagros chinos: el rápido desarrollo económico y la duradera estabilidad social de China. Todo ello durante los últimos 40 años bajo la política de reapertura y reforma.

Durante la última reunión de las contrapartes sino-estadounidenses en Suiza, en la segunda semana de mayo, ambas par[1]tes se modifican los aranceles adicionales impuestos el 2 de abril de 2025, manteniendo un arancel adicional del 10 %.

China, el segundo poseedor de la deuda de EE. UU. después de Japón, con $749,000 millones, es un socio imprescindible para la economía de EE. UU. y, al parecer, la administración Trump ha comprendido que penar con aranceles exorbitantes.

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