En una entrevista televisiva en 2013, durante un repunte de los homicidios que puso en crisis la tregua pactada entre el Gobierno de Mauricio Funes y las pandillas criminales, Mijango dijo, o repitió esta frase emblemática: «Sí, los pandilleros son violentos, pero lo son porque antes fueron excluidos y violentados por el sistema».
Raúl Mijango, ahora en la cárcel, había sido comandante guerrillero, diputado y coordinador nacional adjunto del FMLN y, en ese momento, junto al general David Munguía Payes, también en prisión actualmente y que fue ministro de Seguridad y Justicia y de la Defensa en los dos gobiernos del FMLN, era el principal facilitador de la tregua.
Digo que la frase es emblemática y que Raúl Mijango la repitió porque, en realidad, era muy común en ese tiempo y expresaba la convicción de una corriente de pensamiento en los llamados sectores progresistas de la academia, las iglesias, la clase política y el sistema judicial.
Tanto era así que 14 años antes, en 1999, la entonces jueza de Menores y luego promovida a presidenta del Consejo Nacional de Seguridad Pública en el Gobierno del FMLN Aída Santos de Escobar dijo en otra entrevista televisiva: «Yo creo que quien debería estar presa es la sociedad y no estos jovencitos que fueron excluidos y violentados por esa misma sociedad».
Eso llegó a ser el pensamiento dominante en nuestro sistema de seguridad y justicia.
Ese mismo año, 1999, un menor de edad llamado Gustavo Adolfo Parada Morales, alias el Directo, integrante de la MS-13, fue capturado y presentado a los tribunales bajo la acusación de asesinar cruelmente a 17 personas. Fue condenado a siete años de cárcel, donde protagonizó múltiples reyertas a puñaladas y una fuga violenta, pero fue recapturado dos días después.
Sin embargo, de su condena solo cumplió tres años porque la jueza de su caso ordenó su libertad «por buena conducta». Al volver a las calles, el Directo siguió en la pandilla robando, extorsionando, violando y asesinando sin cesar hasta que fue recapturado.
De nuevo en prisión volvió a participar en peleas con puñales y pistolas y se comprobó que desde ahí ordenó muchos otros homicidios más.
Eso duró hasta que él mismo fue asesinado por otro grupo de prisioneros. En todo caso, el deseo de la jueza Aída Santos de Escobar se realizó y, durante varios años, la sociedad salvadoreña estuvo presa y aterrorizada por esos pandilleros criminales a los que ella llamaba «mis muchachitos».
Felizmente para los salvadoreños esa pesadilla se ha terminado para siempre.





