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Columna|Fernando Trujillo: el viaje al neocostumbrismo salvadoreño

por Alejandra Cabezas, licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Mount Holyoke y máster en Museos y Patrimonio por la Universidad de Ámsterdam.
5 de enero de 2026
En DeCultura
Tiempo de lectura:4 mins read
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El Premio Único de SUMARTE otorgado al pintor Fernando Trujillo (por su obra «el viaje», 1999) confirma algo que el ojo atento ya había percibido: la persistencia de una figuración salvadoreña que, lejos de agotarse en el costumbrismo o la nostalgia, está encontrando nuevas formas de pensarse a sí misma. Trujillo encarna lo que podríamos llamar un neocostumbrismo crítico, un lenguaje pictórico que vuelve a mirar lo cotidiano desde la conciencia del presente, sin idealización ni artificio, pero con una sensibilidad profunda.

La pintura figurativa ha sido, históricamente, el eje vertebral de las artes visuales en El Salvador. Desde los ejercicios narrativos de Salarrué, pasando por la dignificación social de Camilo Minero y el rigor formal de Julia Díaz, el país ha articulado su imaginario visual en torno a la figura humana y sus escenarios inmediatos. En ese contexto, la obra de Trujillo aparece como una reactivación contemporánea de la figuración social, una que sustituye el dramatismo ideológico de los años setenta por una mirada íntima, empática y silenciosamente política.

A pesar de su juventud, Trujillo ha logrado consolidar una voz pictórica coherente. Con apenas dos exposiciones individuales (Sed en Espacio 42B y Liminal en el Skydeck Millennium) y una presencia creciente en el circuito nacional, su trabajo se distingue por la madurez técnica y conceptual con que aborda los temas de la vida cotidiana. En «el viaje», su obra más emblemática, un grupo de pasajeros se hacina en la parte trasera de un camión: estudiantes, obreros, ancianos y niños. El espectador es testigo de un instante suspendido, donde el cansancio y la esperanza coexisten bajo una misma luz. La composición frontal, el cromatismo terroso y la densidad atmosférica de la escena recuerdan los interiores urbanos de Edward Hopper, pero aquí la soledad no nace del aislamiento sino de la convivencia forzada. Es un realismo que contiene en sí mismo la contradicción de la modernidad salvadoreña: la cercanía física y la distancia emocional, el movimiento colectivo y la precariedad individual.

A diferencia de los costumbristas del siglo XX, Trujillo no representa al «pueblo» como categoría estética, sino como sujeto histórico. Su mirada no es etnográfica sino existencial. En sus otras obras —la cerveza vacía, el hombre con guitarra, los amigos jugando cartas o el niño cubierto con una sábana en una mesa rural— no hay anécdota sino presencia: fragmentos de un país que se mira a sí mismo en los gestos mínimos. En ese sentido, su pintura se acerca más al realismo fenomenológico que al narrativo; lo que le interesa no es contar historias, sino capturar existencias.

El término neocostumbrismo crítico surgió, de hecho, durante una conversación en la inauguración de SUMARTE, una noche en la que, junto al pintor Francisco Ortiz y la historiadora Sofía Córdova, discutíamos cómo la obra de Trujillo reinterpreta la tradición figurativa desde una sensibilidad contemporánea. Sus obras más atrevidas son quizás aquellas que capturan los puntos ciegos del modernismo líquido: los food courts como espacios liminales entre el modernismo y la alienación, el encuentro y el olvido.

La densidad pictórica de Trujillo —sus empastes gruesos, sus luces quebradas, la textura casi táctil de sus fondos— recuerda que el óleo sigue siendo un campo de resistencia frente a la imagen digital. Sus personajes no posan para ser vistos: existen en la pintura como parte del paisaje emocional de la nación. De ahí que pueda decirse que Trujillo pinta desde la memoria del presente, un presente que aún conserva las huellas del trabajo manual, el transporte colectivo y la solidaridad del día a día, donde los cuerpos se sostienen unos a otros, literalmente, para avanzar.

En términos historiográficos, su propuesta podría situarse en una línea que parte del realismo social latinoamericano —Antonio Berni, Diego Rivera, Camilo Minero— pero que se desplaza hacia un realismo afectivo contemporáneo, donde el compromiso social se manifiesta no en la denuncia explícita, sino en la mirada compasiva. Su gesto pictórico no denuncia ni idealiza: acompaña. Su pintura no exige consigna, sino atención. Frente al vértigo de la hiperconectividad, Trujillo nos devuelve al ritmo pausado del mirar. Tal vez, como escribió John Berger, «la forma más profunda de resistencia es la atención».

Trujillo nos enseña a mirar de nuevo —y en ese gesto humilde y luminoso reside la fuerza de su pintura. Forma parte de una generación de pintores jóvenes —como Aarón Ortiz o Alfredo Mejía— que, desde distintos registros del CENAR y la Escuela de Artes de la UES, están releyendo la vida cotidiana salvadoreña con una sensibilidad entre lo social y lo íntimo. A sus veintiséis años, Fernando Trujillo se consolida como la voz pictórica de una generación que redescubre lo real. Su triunfo en SUMARTE no es solo un reconocimiento individual, sino la señal de que una nueva sensibilidad está tomando forma: una que devuelve a la pintura su poder de hacer historia.

Etiquetas: ColumnaCulturaExpresarte
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