Por muy encumbrados que en ocasiones estemos y la vida nos parezca un sueño interminable, siempre llega la noche en la que el reloj da las 12 campanadas y pone fin a la magia. Es entonces cuando la zapatilla de cristal se convierte en «guarache», y la hermosa carroza vuelve a ser calabaza. Es ahí donde se diluyen los delirios de grandeza y la dura realidad hace acto de presencia.
Eso es algo que aplica en muchos aspectos de la vida, incluso en el ámbito político, que es en el que ahora nos ocuparemos y en cuyos pasillos a veces el ego se nos inflama.
Cuando se ingresa a la política, de la cual se dice que es para servir y no para servirse, existe la posibilidad de llegar a ocupar un cargo público, ya sea por designación o por elección popular. Cuando eso sucede se nos presenta la oportunidad de dejar una huella positiva de nuestro paso por ese complicado, exigido y, a veces con justa razón, criticado mundo. Oportunidad que pocos utilizan para eso, pues ya estando en el puesto se les olvida que fueron escogidos para cumplir un rol en el que servir a los demás, sea de forma directa o indirecta, es algo primordial e ineludible.
El colmo de eso es que cuando ya estamos en funciones, lejos de cumplir nuestro papel y ser serviciales, nos volvemos irrespetuosos y prepotentes, ya sea con aquellos que ejercen un rol similar al nuestro o con quienes deberían ser receptores de nuestro servicio.
Recuerdo la manera en la que diputados de las legislaturas pasadas les gritaban en la cara a quienes llegaban invitados a las plenarias y a las comisiones, además de ofender sin ninguna consideración a los funcionarios que se presentaban para ser interpelados, como creyendo, tal vez, que jamás dejarían sus curules. Ahora, uno de ellos está preso; y los otros, si no se han impuesto un autoexilio, tratan, quizá por vergüenza, de mantener un bajo perfil.
Sí, la carroza volvió a ser calabaza para esos que estando en la Asamblea no aprovecharon la oportunidad para ser constructivos y, contrario a eso y de manera poco inteligente, se dedicaron a proferir insultos, incluso contra una población que después podría haberlos elegido.
También hay una anécdota sobre una diputada actual, cuya negatividad y nulo aporte en la Asamblea Legislativa ha sido notorio, a quien una vez en Los Ángeles, además de que el carruaje se le transformó en lo que para nosotros es un «ayote», la bajaron del lugar donde iba sentada y la sometieron al más sonoro abucheo. La razón para todo eso fue el haber ido tras el apoyo de una comunidad que ha visto su terca oposición a todos los proyectos que benefician a la gente.
Hace ya algún tiempo escribí un artículo el cual titulé «Mirémonos en esos espejos», refiriéndome al actuar de esa necia clase política, y pidiéndole a la otra, la que está a favor del proyecto transformador, sumar eso a sus experiencias para no caer en los mismos errores. Pienso que en algunos casos los consejos fueron atesorados, mientras que en otros cayeron en saco roto.
Ojalá que estas palabras les sirvan para algo; más que todo para que no olviden que ellos también un día oirán sonar la duodécima campanada del reloj, luego de la cual el aura mágica y casi de ensueño que a veces confiere la política desaparecerá.
Soy de los que piensan que finalizar uno su tiempo en un cargo público pasando por este sin pena ni gloria equivale a tiempo perdido. Aunque si vamos a buscar que la gente nos recuerde que sea por nuestro buen comportamiento y por haber hecho las cosas de la mejor manera, pues igual estoy convencido de que es preferible el olvido antes que ser recordados por nuestras malas acciones.






