El desarrollo y la prosperidad de El Salvador nunca fueron importantes para quienes ostentaban el poder, ni antes ni durante los 12 años del conflicto armado. El flujo de millones de dólares proveniente del extranjero sirvió para financiar la guerra y para enriquecer a las cúpulas extremistas. El retroceso del país en todos sus ámbitos fue de enormes proporciones.
Cerrado ese grifo verde, llegaron los afamados «acuerdos de paz» que, en lugar de allanar el camino de la reconstrucción del país, permitieron que las balas fueran redirigidas a los más de 6 millones de ciudadanos honestos, a los trabajadores, a los estudiantes, a los comerciantes, a los inversionistas, a los religiosos.
El sistema político bipartidista, obra y arte del poder fáctico, fue abrazado por la mayoría de los sectores, creyendo que era cuestión de tiempo para iniciar la ruta del desarrollo. Las políticas gubernamentales llegaron, pero no para cuestiones sociales, no para el pueblo. Las privatizaciones se convirtieron en las apuestas de la derecha, solo les faltó apoderarse de las presas hidroeléctricas, y no porque no se les ocurrió, sino porque alguien se les opuso. Luego fuimos sometidos a la dolarización.
Los salvadoreños, hartos de la derecha, decidieron darle el voto de confianza a los discursos de la izquierda en contra de las políticas areneras. Era cuestión de tiempo, dijeron, para darle vuelta a todo y procesar a los corruptos. Pero los discursos se los llevó el viento y el tiempo se deslizó entre los dedos de la sociedad.
El FMLN llegó al poder para dar continuidad a lo establecido por los tricolores. Decidieron no hacer los cambios para establecer las bases del despegue económico y social. Simplemente, porque aprendieron a llenarse los bolsillos como sus antecesores.
El dinero para la apuesta por el país lo tuvieron como alfombra roja. Los organismos financieros internacionales estuvieron prestos a los pedidos de esos gobiernos. Sin embargo, de nada sirvieron esos millones de dólares para dar el salto de calidad en favor de las necesidades de los más de $6 millones de salvadoreños.
Los sistemas de justicia, de seguridad, de salud, de educación, de previsión social, entre otros, continuaron en el camino de la precariedad. La corrupción de magistrados y jueces fue escalofriante. Un juez «ético» y «parlanchín», que ama salir en la prensa, hasta $5 millones condonó a uno de sus empresarios amigos. Sí, es ese sistema que es defendido por funcionarios de otros países por desconocimiento total o por pura envidia o «pura vida».
Paradójicamente, los que sí crecían como espuma eran las maras y pandillas. Sus cabecillas tenían dos ingresos seguros: el de las extorsiones que gozaron del permiso de los gobiernos, y el financiamiento proveniente de esos mismos gobiernos. Es más, ya tenían el poder para poner y quitar ministros. Los tiempos electorales eran los más jugosos para ellos. Los videos son contundentes.
Está comprobado que en la naturaleza de las cosas está que no todos los políticos consiguen alcanzar la misma grandeza. Y muchas veces pasa porque en política no se gana nada mediante paños tibios. Seguir el rumbo de las cosas es lo más fácil, aunque el pueblo sangre. Esa es la historia de ARENA y el FMLN.
El cambio tan esperado llegó. Dolor prolongado para los fácticos.
Arrebatar a los criminales el control del territorio nacional y rescatar la seguridad fue la primera meta de Nayib Bukele. Desde el inicio de su mandato puso a los salvadoreños en primer lugar, por encima de los intereses de extranjeros —léase países, personajes, prensa y ONG que estaban complacidos con el régimen de terror, zozobra y luto—. Su plan de seguridad siempre ha estado en las manos de Dios, el único que obra milagros.
El presidente ha demostrado que es la perseverancia lo que lleva a los hombres a la cima. Es por eso que ahora se ha puesto otra meta no menos difícil y no menos compleja: la economía del país. Y desde ya ha colocado a la voluntad del Supremo su plan para dar el salto necesario. Está convencido de que se logrará, con perseverancia, con estrategia, con paciencia. Como dice él: «Tardará unos años».
Sé que el pueblo confía en que todo será posible, y por eso mantiene su altísimo e histórico respaldo hacia su líder. Lo valiente le sobra a Nayib.
El Salvador ahora es tema de estudio en el mundo, de universidades, pero por su transformación positiva. Ya no es el patito feo de la región ni del continente ni del mundo. Es el ejemplo por seguir. Y, obviamente, eso causa envidia en algunos personajes que se creyeron vivir como en Suiza y prefieren sumarse a los que se retuercen como conchas con limón. Bien dicen que si alguien destaca genera envidia, pues solo los que no destacan son los que se ahogan en ella.
El milagro económico, parte 2. Cuestión de tiempo con un verdadero estadista.





