Cartón piedra es el nombre que se le da, en algunos lugares, a un material que, al igual que la tablarroca o tabla yeso, se usa para instalar divisiones en casas y edificios, las cuales, luego del acabado y la pintura, se ven similares a las paredes reales, aunque por dentro solo tienen piezas de metal sencillo y un espacio vacío.
Ese mismo material, según dicen, se utiliza para hacer máscaras y maniquíes como los que se observan en algunas tiendas de ropa.
Con esto último guarda relación una canción de Joan Manuel Serrat llamada «De cartón piedra», la cual narra la historia de alguien que literalmente se enamoró de una muñeca de esas que se usan en los escaparates para mostrar prendas de vestir.
Él sentía que ella estaba en esa vitrina con la única ilusión de verlo doblar la esquina. Al llegar, escuchaba su voz pidiéndole que la liberara de esa cárcel de vidrio y cemento, que por favor la llevara con él, que lo amaría y le sería fiel.
Mientras ella le hablaba, él la miraba fijamente; le parecía distinta, que no era, como dice una estrofa de la canción, «como aquellas muchachas de abril que lo arañaron de frente y perfil, que se comieron su naranja a gajos y le arrancaron la ilusión de cuajo». Por eso, todos los días la iba a ver, porque amaba a esa mujer.
Una tarde, la acumulación de deseos forjados en largas noches de soledad tuvo su desenlace, pues al no soportar más, rompió a pedradas el cristal, la tomó en sus brazos y corrió con ella hasta su casa.
Bailaron toda la noche sin importar el nombre del vals, pues en medio de ese derroche todo daba igual. Y mientras él pensaba en el futuro, ella decía en silencio «lo juro».
La historia termina de manera abrupta, aunque predecible, cuando llega la policía y lo saca a empujones de la casa, para luego, según el propio protagonista, encerrarlo entre cuatro paredes, donde llegan a verlo sus amigos de mes en mes, de dos en dos y de 6 a 7.
La canción, que a primeras parece tener una connotación que va de lo romántico a lo trágico, está hecha para señalar el error que cometen las personas, e incluso los pueblos, al fundar sus esperanzas en falsas ilusiones, al empeñar su futuro y su felicidad poniendo sus expectativas en algo irreal, como, por ejemplo, las promesas de cierta clase de políticos.
Hace poco dejó de existir un personaje que nos ilusionó a miles, al punto de que el partido que lo impulsó llenaba estadios y avenidas. Sin embargo, igual terminó en una decepción.
El recelo hacia la política que a veces se observa en la sociedad salvadoreña se debe a que venimos de confiar en individuos que resultaron más falsos que el maniquí de esta historia, así como de afincar nuestras esperanzas en sus promesas que eran más huecas que una pared de yeso y cartón.
Nuestro país estuvo por años en un constante tropezar, poniendo sus expectativas en partidos políticos y en gente que solo buscaba la riqueza y el poder, y cuya ambición nos había cortado de tajo la fe por un futuro mejor.





