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De Gramsci a Nayib: la guerra de posiciones en El Salvador

por René Martínez Pineda, Sociólogo y escritor
2 de junio de 2025
En DePalabra
Tiempo de lectura:5 mins read
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Para explicarles a los opositores de oficio que no comprenden ni con dibujitos la profundidad de los datos las reflexiones sociológicas y las aristas de la realidad hay que hacer un esfuerzo descomunal desde la teoría social.

Este ensayo es una reseña de los temas que estoy abordando desde la mirada del Gramsci confeso, y del temido, por incomprendido, 18 Brumario de Luis Bonaparte, en torno a la situación política que vive el país, la que tiene como personaje que la encarna (la realidad se disfraza de persona) a Nayib, un joven político que ha obligado a los sociólogos a redefinir tanto el concepto de liderazgo carismático (con el segundo apellido de «mortal» para los opositores que han sido puestos en «modo extinción») como el de revolución social por otros medios.

La frase «por otros medios» hace alusión a una trinchera que hace tres décadas era impensable, revisionista, o una desviación ideológica oportunista: la rebelión electoral ciudadana contra los partidos tradicionales que hicieron de la corrupción el factor unificador de ideologías antagónicas, las que lo siguieron siendo en la cotidianidad de las relaciones sociales, aunque muchas veces ese antagonismo no se exprese en lo que llamo «infrarrelato», esa narrativa que aborda la realidad social desde abajo, desde el día a día del plato de comida, desde la crónica de las víctimas de la política económica fundada en la desigualdad social.

El infrarrelato devela que la modernidad y posmodernidad no son tales en la realidad concreta de los ciudadanos, pues se codifican e implican entre sí hasta fusionarse en la cotidianidad, ese espacio en el que aquellas son distintos tiempos coexistiendo a la vez en el mismo espacio geográfico, sin ser ni una ni otra, o sin significar nada relevante.

Guste o no, el infrarrelato ha sido conquistado por Nayib, lo cual invita a la sociología a trazar líneas de análisis para comprender y construir la nueva realidad social, partiendo de la verdad irrefutable que le da entrada al 18 Brumario: «Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado».

Dentro de esas líneas de análisis está la guerra de posiciones en El Salvador, que se impulsa por conquistar los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial (luego de ganar la guerra de movimientos, según la lógica de Gramsci), la que puede ser vista como larga o corta, y puede ser vista también como una guerra entre víctimas y victimarios, todo depende de la referencia teórica utilizada. A la guerra de posiciones, el proceso de reinvención del país, liderado por Nayib, le agrega una cuarta trinchera, la cual no fue prevista por Gramsci: la conquista de la territorialidad cotidiana, en tanto es la que genera gobernabilidad de largo alcance y que se ejecuta a partir del poder municipal.

Siempre con Gramsci, hay que decir que en el claroscuro de la guerra de posiciones aparecen los monstruos (la oposición salvadoreña los encarna a la perfección) que quieren impedir la muerte de la vieja sociedad, atacando con todo a la sociedad que pugna nacer, haciendo uso de la táctica y doctrina del negacionismo.

A manera de epítome —la prima idea del acto teórico—, planteo que el análisis de coyuntura no tiene validez, ni explicativa ni comprensiva, si no se enmarca en el largo y denso infrarrelato de la estructura, en la narrativa del contexto y del texto, porque es a partir de ello que los cambios institucionales se convierten en transformaciones sociales, en tanto que los cambios son reversibles, mientras que las transformaciones no lo son.

En el caso de El Salvador, el epítome de lo actual es la guerra de posiciones políticas en la que, simbólicamente, está inmerso el país desde 1994, si consideramos ese año como particularmente especial por el hecho de que se concretó la incorporación del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en la vida política legal, y porque, poco a poco, dicho partido — formalmente de izquierda y presuntamente revolucionario— fue construyendo, con ARENA, una alianza macabra que culminó en el bipartidismo de facto que con sangre y corrupción sojuzgó al país durante 30 años, y que jugó una falsa guerra de posiciones porque, en lo esencial, estaban en la misma posición, solo que con diferente narrativa.

De modo que, en el largo tiempo, la guerra de posiciones inicia con los siguientes datos en la posición del Poder Legislativo, en cuyo margen se fue dando una acumulación de fuerzas en el silencio de lo cotidiano —sin que los ciudadanos estuvieran agrupados en un partido político en particular— que resintieron que la izquierda se convirtiera en ala izquierda de la derecha, e impulsara una revolución sin cambios revolucionarios.

En lo que respecta al poder municipal (el que constituye parte de la guerra de posiciones en el territorio, pero solo formalmente, porque dicha posición tiene que ver con el control territorial y construcción de la hegemonía desde la territorialidad, y eso lo logran los otros tres poderes del Estado), los hechos señalan cómo el bipartidismo controló la inmensa mayoría de alcaldías (218, en 2009), las que fueron convertidas, gracias al Fodes, en 262 cajas chicas de la corrupción y contrataciones innecesarias como pago de favores políticos.

 En el caso del Poder Ejecutivo (la instancia electoral que, por la cultura política de presidencialismo, mueve a los grandes grupos de ciudadanos y le da sentido de pertenencia electoral a las otras dos instancias analizadas, y es el punto de partida en lo alegórico), la guerra de posiciones se ha movido, formalmente y en un primer momento, en el campo de batalla de dos adversarios que, en la práctica oculta y oscura, se convirtieron en aliados luego de protagonizar una cruenta guerra civil en los años ochenta.

Así, de 1994 a 2014, la disputa por la presidencia fue una cuestión pactada, en secreto y a solas, entre los dos partidos tradicionales que en los discursos demagógicos se identificaban como izquierda y derecha, y que concentraban la inmensa mayoría del electorado, un electorado que, en todo ese período, realizó un proceso de acumulación de fuerzas en silencio que estallaría en las elecciones presidenciales de 2019.

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