Conocí a Patricia en el curso que hice para entrar a la Universidad José Matías Delgado, para estudiar Derecho. Al verla, percibí que era una buena persona, una joven con alma de niña traviesa, alegre, estudiosa, de carácter fuerte y bastante extrovertida. Y supe, en ese mismo instante, que seríamos grandes amigas.

La chica de cabello pelirrojo alborotado, piel blanca y porte de reina de belleza causó sensación entre los compañeros y eso que en el grupo de estudiantes de esta carrera habíamos bastantes jóvenes bonitas y con aire de modelos de revistas, pero la presencia visual de Patricia era lógica, se imponía pues era una de las reinas de Cojutepeque. Ambas nos graduamos y formamos nuestras propias familias. Desarrollamos, cada una, proyectos diferentes, tanto en lo profesional como en nuestras vidas.

Ella siempre me acompañó a muchas presentaciones de mis libros y eventos culturales y yo disfrutaba ver su deseo de escribir algo más que escrituras o textos de temas de Derecho.

Un día le dije: “Patricia, escribí sobre tus recuerdos en Cojutepeque y realizá publicaciones en tus redes sociales, y luego un libro digital e impreso. Narra historias de personajes y lugares de Cojutepeque, habla de tu vida en ese municipio, escribe su historia y esa identidad cultural que vibra en cada calle, en la iglesia, las escuelas, el parque y el Cerro de Las Pavas. Describí su clima, su calor humano, el desarrollo turístico y su cultura gastronómica. Cuéntanos de su gente, sus vidas y costumbres.”

Y en ese momento, volví a verla como el primer día que la conocí, con los ojos brillantes y la sonrisa pícara, al recordar quién sabe qué cosas. Era el tiempo exacto para emprender este proyecto. Años después, tengo el agrado de escribir sobre «Entre Niebla Cojutepecana», un libro de Patricia Rubio Echegoyén, en el cual nos describe la vida de una cojutepecana, los lugares por los que caminaba diariamente, dónde conoció a su amor platónico, la escuela Eulogia Rivas, la niña descalza con sus pies bien limpios, el mercado, el cine, los novios de manos sudadas, la Plaza de San José, el amor a las faldas de un cerro, las nieblas, el terremoto, las ferias, las vacaciones, el Colegio Santa Isabel, las profesoras, los estudiantes, los amores y desamores.

Este libro está compuesto de narraciones que nos asombran con su frescura y sencillez, tomándonos de la mano para mostrarnos cada espacio de Cojutepeque, con mucho amor y sentido de pertenencia cultural. Patricia nos sube de pronto al caballo del lechero, que jalaba a dos o tres burros cargados con cántaros y tarros con leche y crema, y de pronto nos sorprende con las siluetas de mujeres entre la bruma, que venían a encontrarlos. Vemos cómo describe todos los detalles y cómo la gente se deleitaba tomar esa leche con hojuelas de maíz y pedacitos de guineo o solo con café y pan. En su narrativa, nuestros sentidos se despiertan y casi podemos sentir en nuestras bocas la tortilla tostada y los granitos de sal, y esa crema riquísima para nuestros desayunos, acompañados de la calidez de los hogares de Cojutepeque.

Vemos las mañanas adornadas con un cielo colorido, los gorriones, el gallo que cantaba, los perros escandalosos y el trabajo de las personas limpiando con escobas de palma y maicillo, mientras el gato haragán disfrutaba las paredes de cal, el zacate. Las mamás cuajando al aire libre gelatinas de sabores y colores encendidos, la alegría de los niños al encontrarlas allí en una bandeja, con sabores de uva, manzana y fresa, además de un turrón de huevo batido con azúcar, con gotitas de vainilla a punto de nieve, muchos flanes y tutifrutis envueltos en nieblas.

Este libro relata historias reales, vividas por personas únicas. Gente que salía a la calle a sentarse en las aceras angostas, niños miedosos al escuchar de sus abuelos las leyendas como: La Carreta Chillona, la Siguanaba, El Justo Juez de la Noche, la Llorona, el Cadejo, en medio de candiles, lámparas Coleman o candelas.

Don Luisito Molina y don Mario Macías, maestros de música, la «Marcha triunfal de Aída», la niña Crucita cocinando desayunos para los cipotes, doña Aminta de Ábrego, la maestra que enseñaba el silabario; tantas otras maestras y maestros de las escuelas educando con fábulas, poesías y lecturas Mantilla.

Doña Amelia, la vendedora con trenzas largas, que permanecía en la entrada del mercado de ropa y vendía caramelos, cocadas y puros. Los vendedores de algodones de azúcar y muñequitos de Ilobasco, doña Trinita vendedora de dulces con canela y anís, la niña Tinita vendedora de minutas alegres, don Salva vendedor de “Mangos cumbia”. Los rezos al Sagrado Corazón de Jesús.

Nos sorprende en la juventud, en el cine Cuscatlán, al cual llamaban con cariño “El pulgoso”. Las películas, las veladas escolares y los coros. Nos cuenta que, en el presente, el cine está destruido y que la población se ha unido en el clamor para que sea restaurado por su valor como un bien cultural del municipio.

Describe el Colegio Santa Isabel, el cementerio, el Cerro de las Pavas, el camino de los gatos, la devoción por la Virgen de Fátima, el mirador, la Niña Pacita vendedora de vinagre, los emigrantes y sus sueños a veces truncados, los almacenes, las farmacias y el mercado. La Escuela Parroquial Luis Pastor Argueta, la Iglesia de San Juan y las champitas de los nuégados, la estación del tren.

Nos presenta la época de los terremotos del año 2001, la Iglesia San José, el Portal de los Chinos, la Iglesia San Sebastián, las casitas de bahareque, todo en ruinas. Y la muerte de la maestra Ana Elizabeth Chicas, compañera de Patricia en el colegio, quien falleció mientras rescataba a sus alumnos de parvularia en el municipio de Candelaria, Cuscatlán. Una historia de amor y solidaridad. La Maestra Heroína de Cojutepeque. También nos habla de la moda y de los rincones de Cojutepeque, el amor en Las Alamedas de San Juan, describe la vida, el municipio y la gente. Las navidades y la Semana Santa, las tradiciones y gustos gastronómicos, el pescado envuelto en huevo al estilo de oriente, las hojaldras, sandías, marañones, torrejas y jocotes en miel.

En fin, Patricia describe detalladamente en este libro cada uno de sus recuerdos, con una memoria sorprendente. La obra contiene una serie de relatos descriptivos muy coloridos, llenos de calor humano y muchos sentimientos, en los cuales plasma su identidad como cojutepecana, resaltando su vida cotidiana y la vida de tantas otras personas, su niñez y adolescencia, el paisaje y los bienes culturales tangibles e intangibles y las tradiciones de ese municipio. Todas las personas salvadoreñas disfrutarán al leerlo, pero sobre todo la gente cojutepecana que se identificará culturalmente con muchos de los relatos.

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