Columna Caleidoscopio Cultural
Le recuerdo con su caminar doliente y los sentidos alertas, su voz –un llamado al arrepentimiento– en un tiempo sangriento, donde no había clemencia ni respeto a la vida ni a los derechos humanos. Solo existían puñados de voces coléricas amarradas a los troncos secos de un desierto.
Usted era conocido como la voz del pueblo, «La voz de los sin voz», la esperanza en la redención, el milagro de un maná en la luz de la Palabra.
Era el pastor que clamaba en silencio y a gritos para llamar al arrepentimiento y la conversión.
Explicaba como un buen maestro, con ejemplos sencillos las parábolas: La higuera estéril, el hijo pródigo y la adúltera que se arrepiente y es perdonada, el llamamiento que Dios nos hace pues no hay pecado que no quede perdonado ni enemigos que no puedan reconciliarse cuando existe una verdadera conversión y un encuentro con el Señor Jesucristo.
– ¡Esa es la voz de la Cuaresma!, decía a mi interior.
Yo apenas era una niña, pero con la conciencia despierta escuchaba con atención sus sermones.
Era un tiempo sangriento y usted sin miedo salía a buscar a las ovejas perdidas en los campos secos y sombríos. Lo admiraba por su valentía y fortaleza.
Sufrió mucho con el asesinato de su amigo el padre Rutilio Grande (12 de marzo de 1977). Su voz se abrió llena de llanto. Sabía que sus enemigos también buscaban callarle para borrar sus denuncias sociales y su amor por los pobres.
Monseñor Romero, usted era para la niñez y la juventud católica como un enorme bosque espeso que defendía la vida, una tierra fértil llena de semillas, una flor púrpura en un torrente de aroma, un Pastor diferente a los demás. Era vida y palabra en la revelación divina, un corazón ungido de ternura y templanza.

Cuando usted fue asesinado (24 de marzo de 1980) mientras celebraba una misa en la capilla del hospital Divina Providencia hubo sangre en el altar, las calles, los muros, portones y ventanas; muerte en las bandadas de pájaros y llanto en las parábolas. Y una sola voz nació en su pueblo para clamar justicia. El sufrimiento anidó en el duelo de los astros. La luna enrojeció en el martirio.
Fue en su entierro cuando ocurrió la matanza en las graderías de la Catedral Metropolitana de San Salvador. Una turba de feligreses corrió para salvar sus vidas, murieron muchas personas. Son huellas de víctimas que no se borran con el tiempo. A partir de ese momento la guerra civil empeoró, se dice que ese día, frente a su féretro gris con ornatos de plata, inició formalmente el conflicto armado para durar un lapso de doce largos años. El resto de la historia, usted igual la conoce.
Hoy, he querido escribirle con esta palabra que vive blanca y simple, para recordar su llamado a la conversión en este tiempo de Cuaresma y para que no se olvide su humanidad, su dolor y su muerte, ahora que ha sido declarado Santo.
Es necesario aprender que por más pecadora que sea una persona, Jesucristo la distingue como hija de Dios, imagen del Señor. No condena, sino que perdona. Todas las vidas humanas merecen su dignificación, toda convivencia tiene que fundarse en el bien común y la fraternidad.
Es bello el tiempo cuando sabemos poner todo en manos de Dios y comprendemos que somos sus instrumentos, al reconocer que sin Él no podemos hacer nada.
¡Muchas gracias por sus enseñanzas, su vida, su fuerza y su luz!






