El maestro Craig D. Lounsbrough expresó: «Si no hubiera comienzos ni finales, tendríamos la ausencia de inercia y la presencia del estancamiento». Ciertamente, la vida necesita de principios y finales, no una vez, sino varias veces cuanto sea posible para que la persona pueda cerrar ciclos y comenzar nuevos; al final todos tienen el sagrado derecho de soltar y emprender de nuevo. La vida humana posee en sí el ciclo vital de la naturaleza, y por tal de la renovación necesaria y sagrada.
Ahora bien, hay que reconocer que este fin de año es uno de miles que se han celebrado, por tanto, hacerlo de la forma correcta es importante. ¿Qué debe hacerse para que sea un cierre idóneo? En primer lugar, la gratitud, un ser agradecido es el camino seguro al crecimiento en todos sus matices; en segundo lugar, saber soltar lo vivido, sea bueno o dificil, pues no acumular es el inicio de la libertad interior; en tercer lugar, y no menos importante, estructurar el nuevo camino a transitar.
Al final recuerde que la vida plena amerita caminar sin ver atrás, tal como expresó el maestro Platón: «El que aprende y aprende y no practica lo que sabe, es como el que ara y ara y no siembra». Cada proceso implica causa, detonante y efecto, comprender este principio filosófico de causalidad y practicarlo es fundamental para una vida que avanza y mejora. Este año que está por terminar debe ser, ante todos los acontecimientos sociales, políticos y culturales acaecidos, un cierre espectacular.
Incluso, los errores bien comprendidos y superados permiten el avance, tal como expresaba el maestro George Wilhem Hegel: «Los errores crean contradicciones que, al ser resueltas, conducen a un conocimiento y desarrollo superiores, impulsando el cambio y la evolución». Pues bien, hoy que termina el año, que cada contradicción vivida sea superada con profunda comprensión y deseo de crecer; solo así se cerrarán estos 365 días y darán paso a un nuevo comenzar lleno de desafíos ineludibles.
Claro está que se necesita en la existencia humana dosis magnas de pasión para obtener grandes deleites y un santo sosiego para tramitar adecuadamente las turbaciones, que sabiendo llevar un equilibrio racional en ambas permite el vencimiento de todo demonio íntimo y allana el sendero para acuerdos de paz con todo enemigo externo. De tal suerte, querido lector, que este año que termina se de el espacio de celebrarlo con su familia, reconociendo el crecimiento logrado y poniendo en manos de Dios el nuevo año.
Por tanto, este momento histórico que está viviendo el país debe ser propicio para dejar ir en este fin de año, tanto a nivel individual como colectivo, toda aquella cultura del desorden, de la muerte, de la procrastinación, del enfrentamiento, de la codicia, del abandono, del prejuicio; en fin, de toda condición deshumana que no permita el crecimiento y madurez de las personas y de nuestra gran nación. Pidamos a nuestro Padre Celestial, juntos con el Salmo 51:10: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí».
Empero, esto no será posible si no tenemos la humildad de hacer morir el ego que imposibilita toda comprensión consciente del avance, y con ello del dejar ir aquello que nos empobrece, nos lastima, nos atrasa y denigra. Recordemos lo establecido al respecto por el maestro personalista Emmanuel Mounier: «La persona no existe sino hacia los otros, no se conoce sino por los otros, no se encuentra sino con los otros».
Que el fin consciente de 2025 nos permita dejar de ser, para que en 2026 logremos realmente ser.





