No quiero ser simplista o idealista ilógico; sé muy bien que hay razones multifactoriales para los conflictos bélicos en el mundo, pero también sé que hasta que el ser humano no busque paz en su interior, siempre buscará guerra en el exterior. Ya lo decía el maestro Mahatma Gandhi: «El que no tiene paz en su interior está en guerra con el mundo». Por eso vemos tanta rabia, neurosis e insultos, y más en las personas actualmente; no poseen paz, no buscan paz, no creen en la paz. Por ende, los sistemas educativos y espirituales deben buscar enseñar sobre la paz.
Por tanto, es menester que nazcan nuevas formas de decidir, de crear, de hacer, de enseñar, en las que el bien común esté en la palestra de ese esfuerzo; se necesita más relación con Dios y su hijo Jesucristo que religiones, y más instituciones de pacificación que de poder. Hasta que no se le quite más poder al poder y se le dé más voz a los sin voz de este mundo las guerras seguirán siendo el pan de cada día; el motivo de hacer dinero a costa del sufrimiento y la muerte. Como establecen las bienaventuranzas en el evangelio de Mateo 5:9: «Dichosos los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios».
Es así como creo se debe empezar a tomar en serio una educación formal e informal, basada en el autoconocimiento, la autoaceptación, la emancipación y la paz en el interior; puesto que sin estas características no se puede lograr el bien común. Estamos ante un mundo tecnológico y de las comunicaciones, de la realidad virtual y la interconexión; esto nos debería haber hecho una especie más unida y consciente; en vez de eso, somos diversas razas luchando entre sí y esperando que por medio del daño al otro haya paz y bienestar en mí. Nunca antes se había visto tanto absurdo en las filosofías humanas como hoy.
De tal forma, querido lector, que es tiempo que como padres de familia o tutores se comience un proceso de formación cultural más pacífico y humanista, más espiritual y lleno de comprensión hacia las diferencias; claro, sin menospreciar con ello los valores sagrados que nos hacen ser humanos y sociedades civilizadas. Hoy más que nunca el mundo, nuestra patria y nuestras familias deben tomar conciencia de la importancia de aquello que decía el pobre de Asís: «Que la paz que anuncian con sus palabras esté primero en sus corazones». No se puede ofrecer aquello que no hay en el interior.
Termino expresando con claridad lo expuesto por el maestro Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky: «Entre todas las figuras hermosas de la literatura cristiana, la de don Quijote es la más perfecta. Pero don Quijote es hermoso precisamente porque al mismo tiempo es ridículo».
Quizá ha llegado el tiempo de construir bajo la premisa de lo que actualmente se considera ridículo, idealista o fuera de la realidad; puesto que esas categorías son las únicas que pueden dar paz, luz, verdad y sentido a la humanidad. Los grandes hombres y mujeres de este cosmos nuestro siempre han sido los ridículos que se atrevieron a más y a abrir un propio sendero, aunque no hubiera condiciones para tal.





