Las posibilidades de sobrevivencia de la oposición salvadoreña oscilan entre el cero y la nada. Y no me refiero a la probabilidad de que eventualmente sus micropartidos puedan perder su registro legal. Hablo de su nula capacidad de recuperar siquiera un mínimo de incidencia en el rumbo del país.

Ese diagnóstico no es una opinión personal. Es el resultado del recuento de sus números dramáticamente descendentes en las tres últimas contiendas electorales, y todo eso corroborado además por los datos mostrados en las últimas dos encuestas.

Lo anterior con el significativo agravante de que esas encuestas han sido realizadas por dos casas abiertamente hostiles al actual Gobierno, la UCA y LPG, las cuales otorgan al presidente Bukele una aprobación ciudadana de hasta 92 %.

Pero, ¿cómo llegó la oposición a un estado de postración tan patético, al punto de que, según la UCA, en términos de apoyo popular el FMLN solo alcanza un 1.77 % y ARENA apenas un 1.5 %? Creo que la aplastante mayoría popular. O sea, que el verdadero problema de la oposición es con el pueblo. Como quiera que se vea, la situación es muy clara: tenemos un líder excepcional en el puesto de mando, y al mismo tiempo tenemos una oposición disfuncional y en franco proceso de disolución. Es preciso re conocer que esto no es lo normal en la me dida que no se registran casos similares en la actualidad mundial. Pero, dicho lo anterior, también es imperativo ponderar una realidad innegable, enteramente verificable: lo que ocurre en respuesta admite al menos cuatro variables.

La primera es que la oposición se desfasó de la realidad al mantener por pura inercia la convicción de que la política, en todo caso, se reduce al mero esfuerzo por con quistar y preservar el poder, y esto cuando la ciudadanía ya había entendido que la política es, sobre todo, la manera más efectiva de solucionar los problemas públicos.

 La segunda es que, habiendo sufrido tres fracasos consecutivos, la oposición persistió en el disparate de creer que se puede seguir haciendo lo mismo con los mismos y esperar resultados diferentes. De hecho, desde su primer fracaso conjunto en 2019, la oposición no solo no ha corregido sus evidentes errores, sino que los ha agravado con una tenacidad que sería admirable si no fuera suicida.

La tercera es que la oposición no tiene como adversario a un líder de pensamiento más o menos tradicional, y por lo tanto de medianías, sino a un talento innovador con capacidades estratégicas excepcionales, lo que ya es reconocido sin reservas dentro y fuera de nuestras fronteras.

Y así arribamos a la cuarta variable explicativa: la oposición cree que su problema es ese líder, y ha sido incapaz de comprender que ese líder fue identificado, elegido y dotado de absoluta gobernabilidad por la aplastante mayoría popular. O sea, que el verdadero problema de la oposición es con el pueblo. Como quiera que se vea, la situación es muy clara: tenemos un líder excepcional en el puesto de mando, y al mismo tiempo tenemos una oposición disfuncional y en franco proceso de disolución. Es preciso re conocer que esto no es lo normal en la me dida que no se registran casos similares en la actualidad mundial.

Pero, dicho lo anterior, también es imperativo ponderar una realidad innegable, enteramente verificable: lo que ocurre en El Salvador es el resultado de la voluntad libre soberana y democrática de los salvadoreños.