Una vez oí a Nicolás Maduro gritarle al inquilino de la Casa Blanca «¡venga por mí! Aquí lo espero, en Miraflores. ¡No se tarde en llegar, cobarde!». Y aunque Donald Trump no es Santa Claus, ni llegó precisamente el día de Navidad, sí llegó y le cumplió su deseo. Pienso que, a partir de ahí, los escépticos deberíamos comenzar a creer en aquello de que si algo se desea de corazón y se pide con gran vehemencia, se nos puede llegar a cumplir.
Por otro lado, también está el karma, que dice que el mal que deseas para otro, ya sea que solo lo pienses o que lo declares, se podría revertir en tu contra. Muchos hemos escuchado de Maduro una expresión usual en Venezuela y otras partes del Caribe, la cual dice «el que se mete conmigo se seca», cuya traducción podría ser «quien se mete conmigo (quien me enfrenta, me desafía o me busca problemas) termina mal, se arruina, fracasa o se seca (como una planta que muere por falta de agua, es decir, se debilita, pierde fuerza y desaparece)». Es un hecho que cosas como esas le están sucediendo a Maduro, como es perder el poder del que estaba revestido para luego comenzar a desaparecer, no de la existencia misma, sino de una vida en libertad y de la conciencia colectiva de su país y del mundo.
No han faltado los «zurdos» y los dizque defensores de los derechos huma- nos que, al igual que critican las políticas de seguridad de El Salvador con una visión parcializada, ahora opinan y condenan los hechos acaecidos el 3 de enero en Caracas sin conocer la realidad de los venezolanos y lo que sufrieron bajo esa execrable dictadura.
IZQUIERDAS ALINEADAS PARA DESTRUIR, NO PARA CONSTRUIR
No fue casualidad que el Gobierno demócrata de Joe Biden abriera las fronteras de par en par a cientos de antisociales venezolanos, los cuales entraron mezclados entre la gente honrada que llegaba al país con buenas intenciones; al tiempo que Nicolás Maduro abría sus cárceles liberando a los peores criminales y dándoles vía libre para que fueran a desestabilizar con sus múltiples fechorías a lo que él llama «el imperio».
En la misma tónica vimos a un Gustavo Petro minimizando lo que el Tren de Aragua hacía en Estados Unidos y otras partes de Latinoamérica, diciendo que sus integrantes solo eran unos jóvenes incomprendidos.
Pero fue todavía peor lo de Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, cuando afirmó que los narcotraficantes son, en cierto sentido, víctimas de los consumidores; que existe una corresponsabilidad en el mercado de las drogas, señalando que «quienes venden lo hacen porque hay quienes compran». Argumentó que los traficantes terminan siendo víctimas de la demanda generada por los usuarios, quienes sostienen el negocio. Fueron, desde cualquier punto de vista, opiniones irresponsables, si consideramos el hecho de que las externó el presidente de un país cuya sociedad es víctima de la criminalidad que genera el tráfico de drogas y de los problemas de salud que derivan de su consumo.
De si se debe respetar la soberanía de un país, en el caso de Venezuela en particular, es un punto aparte. Lo cierto es que Estados Unidos tiene todo el derecho de cuidar la integridad de la nación y la salud de sus habitantes, pues las izquierdas, al parecer, están usando las drogas y la criminalidad como herramientas para hacer sucumbir a esa sociedad que siguen viendo como la antagonista de su ideología.





