En 1989, la foto de un niño reposando en una acera de un barrio de Mejicanos le dio la vuelta al mundo. No eran útiles escolares los que abrazaba. Era un fusil. No cargaba una mochila con artículos para su educación. Sostenía un lanzacohetes.
Ese era el retrato de la realidad de muchos niños y jóvenes durante el conflicto armado sangriento protagonizado por la derecha y la izquierda.
Los bolsones, los libros, los cuadernos y los lápices les fueron sustituidos por balas, fusiles y granadas. Los protagonistas de la guerra no tuvieron piedad ni del presente ni del futuro de la niñez.
Tampoco tuvieron consideración con la infraestructura educativa que había sido intervenida por última vez a finales de la década de los cincuenta. La dejaron en condiciones deplorables.
Muchos ciudadanos pensaron que, finalizada esa guerra civil, el sistema bipartidista de tricolores y rojos, instalado por el poder fáctico, devolvería la paz, la tranquilidad y la dignidad a todo un pueblo que fue encarcelado en el luto y el dolor, al que le truncaron el derecho al desarrollo social y económico.
La sociedad pensó que los «acuerdos de paz», tan «amados» por los que asesinaron a gente trabajadora y honrada —pues les dio impunidad para no pagar por sus crímenes horrendos—, les permitiría desarrollar sus actividades en total libertad y seguridad.
¡Cuántos apostaron a que los gobiernos fácticos de ARENA y el FMLN levantarían todo lo que destruyeron! ¡Cuántos dieron por cierto que se recuperaría el tiempo perdido en todos los aspectos sociales! ¡Cuántos votaron por ellos con la esperanza de que reconstruirían las escuelas y los hospitales!
Los videos de areneros y efemelenistas pintando las láminas que servían de paredes en las aulas de miles de escuelas lo dicen todo. A eso llamaron «inversión» en el sistema educativo. Privatizaron las telecomunicaciones, pero jamás intentaron llevar la tecnología a los estudiantes del sistema público.
Tuvieron el poder por 30 años y no hicieron nada para devolverle la dignidad a los niños, a los jóvenes, a los trabajadores, a los profesionales. Poder que el mismo pueblo les dio. Y solo lo utilizaron para enriquecer a sus cúpulas, a sus financistas, a sus familiares y amigos, incluso a cabecillas de maras y pandillas.
En lugar de reconstruir la nación, a los millones de salvadoreños inocentes les volvieron a coartar su libertad, con una situación más sangrienta que la del conflicto armado. A los grupos criminales les entregaron sus vidas y el control total del país.
¿Y la dignidad de los ciudadanos honestos? Enterrada desde el inicio del conflicto armado y hasta junio de 2019.
ARENA y el FMLN permitieron que esos terroristas tomaran el control de las instituciones educativas, que acosaran a los alumnos, que los obligaran a formar parte de sus grupos criminales, que amenazaran a directores y docentes privándolos de su autoridad.
Jamás invirtieron en el sistema educativo, porque para ellos era «un gasto» y no beneficiaba a sus objetivos corruptos ni el de sus amos financistas.
¿Y la dignidad de los niños salvadoreños? Destruida desde el conflicto armado y hasta junio de 2019.
¿Y los poderes del Estado impuestos por los amos de los areneros y efemelenistas? Recibiendo sus «estipendios» para «sobrevivir». Gánsteres corruptos.
A los salvadoreños nos robaron la libertad. Vivimos presos del sistema corrupto y asesino. Nos pisotearon la dignidad. Fuimos humillados. La sociedad no valía nada para los poderosos y sus partidos políticos. Esa era la «democracia» y la «independencia de las instituciones» de los fácticos, sus oenegés y medios de comunicación.
Como he repetido en mis columnas, es el pueblo quien cambió la historia. Le dio la oportunidad a Nayib Bukele en junio de 2019 para liderar el país.
Seis años después, ¿qué dice la última encuesta de la UCA? Me refiero a este sondeo en específico porque todos sabemos que es una universidad opositora al Gobierno. Veamos.
La nota que el pueblo salvadoreño le otorga al presidente Nayib Bukele es de 8.39, superior a la recibida en 2024. La nota para el trabajo de su Gobierno es de 8.33.
Es que Nayib no solo le devolvió la libertad, la verdadera libertad, a la sociedad, al destruir la cárcel territorial impuesta por los grupos criminales y sus aliadas oenegés y «periodistas». Nadie creía que esto sería posible.
Desde el primer día de su primer mandato, le devolvió la dignidad a su pueblo, aun en contra de los vientos opositores que dominaban las curules legislativas.
Les ha devuelto la dignidad a todos los estudiantes del sistema público. Sí, esa que fue enterrada por los asesinos de los inocentes.
Desde el inicio de su primer mandato, Nayib ordenó reconstruir todas las instalaciones escolares. Lo que no se sabía era el estado deplorable en el que se encontraba la mayoría. Por eso ha instruido acelerar con el programa Dos Escuelas por Día.
No es «manita de gato» lo que se está haciendo. Por medio de reportajes televisivos y fotográficos, y testimoniales de padres de familia, alumnos, directores y docentes, los salvadoreños están siendo testigos de las instalaciones de primer mundo que el Gobierno está entregando.
Y todos los centros escolares y escuelas de parvularia serán intervenidos.
Las láminas malditas coloreadas por areneros y efemelenistas están siendo puestas donde debieron estar: en la basura, junto con sus ideologías.
Todos los estudiantes tendrán su paquete escolar, tal como lo ha dicho la ministra de Educación, «mejorados, de una sola vez y a tiempo». Durante todo febrero, la entrega se hará en todo el territorio nacional.
El sistema educativo público, además, cuenta con la asistencia de la inteligencia artificial Grok, que ayudará en tutorías a los alumnos y de respaldo a los docentes.
No solo eso, la primera dama Gabriela de Bukele lanzó el nuevo Currículo Nacional de Primera Infancia, un programa completo, integral, que permitirá aprovechar los años en los que más aprenden los niños. Un nuevo currículo que transformará el modelo educativo y está diseñado para colocar a la niñez en el centro de la enseñanza.
La nueva realidad: dignidad para un pueblo libre.







