Ana Josefa de Soriano, de 80 años, forma parte de la primera generación de graduados de la Universidad Don Bosco (UDB). Ella obtuvo su Licenciatura en Ciencias de la Educación en 1991, a los 50 años. Su hija, Ana María Soriano, se graduó como profesional en Ciencias de la Comunicación en 1997 de la misma institución.
Ana Josefa detalló que se dedicó a la docencia durante más de 30 años y dio clases tanto en el sector público como en el privado. Aunque también impartió clases a universitarios, ella asegura que su mayor satisfacción fue trabajar con estudiantes que cursaban entre primer y sexto grado de educación básica. «Toda mi vida trabajé en la Escuela Doctor Arturo Romero, en Ayutuxtepeque, y en una universidad privada, pero en mí siempre había un mayor apego a los alumnos de primer a sexto grado de las escuelas públicas. Y es ahí cuando me concentré nuevamente en el sector público y fui profesora durante más de 30 años», enfatizó.
La docente aseguró que sintió una enorme satisfacción cuando su hija le expresó que, siguiendo su ejemplo, también se dedicaría a la docencia. «Me siento muy orgullosa de que a mi hija le haya gustado la docencia.

Al momento de entrar a la universidad, nunca le impuse que estudiara algo. Siempre le dije: “Tome usted la decisión”. Enseñar a los demás es una oportunidad para que crezcan. En uno queda una satisfacción al ver que las personas aprenden y lo ponen en práctica», expresó.
Por su parte, Ana María, de 49 años, se graduó como licenciada en Comunicaciones, pero la motivación de convertirse en docente inició cuando fue instructora de materias en la UDB. Ahí fue donde descubrió que compartía la misma pasión que su madre.
«Inicié como instructora de fotografía y producción de televisión en la Universidad Don Bosco. Ahí descubrí que compartía con mi madre el mismo ímpetu por la educación. La docencia creo que es algo que se hereda, ha de venir en los genes, no sé si está en la sangre o en la imitación», enfatizó.
Al darse cuenta de su vocación, especialmente por la docencia universitaria, decidió ampliar sus conocimientos y continuar creciendo profesionalmente. Así, decidió estudiar Investigación, lo que le ha permitido formar nuevos profesionales que aporten a la sociedad en este rubro.
«Al igual que mi madre, reconocí que este camino de la docencia requiere de un aprendizaje constante. Así encontré mi nueva pasión: la investigación. Pasión que quiero transmitir, mientras tenga vida, a tantos jóvenes y docentes como me sea posible a través de mis escritos y procesos formativos», detalló.
Tanto Ana Josefa como Ana María coinciden en que la relación de madre e hija está basada en la comunicación constante, en el aprendizaje mutuo y en el respeto.

Ana María describe a su madre como una persona luchadora, sencilla y humilde que, a pesar de haber criado a seis hijos, siempre trabajó para sacarlos adelante y nunca dejó de estudiar.
«Siempre me he sentido muy orgullosa de ella porque ha sido una mujer que siempre ha estudiado, siempre la he visto estudiando. Fue un gran ejemplo para mí ver que estudiaba y trabajaba al mismo tiempo y cuidando a seis hijos», detalló.
Para Ana María, uno de los objetivos fundamentales en su vida y que ha puesto en práctica gracias a su madre es la importancia de ayudar y motivar a los demás para que crezcan y sientan la satisfacción de lograr más de lo que se han propuesto.
«Ellos tienen que lograr mucho más de lo que yo he logrado. El mejor indicador de un docente es que los estudiantes logren mucho más de lo que el estudiante mismo se ha propuesto. Hay que hacerles ver que ellos pueden alcanzar cosas grandes», destacó Ana María.






