En El Salvador vivimos un momento histórico. La transformación que lidera el presidente Nayib Bukele, con el respaldo firme de la Asamblea Legislativa, ha permitido recuperar la seguridad y devolver la esperanza a millones de salvadoreños. Hoy nuestro país ya no se define por la violencia desbordada, sino por una visión de futuro que apuesta a la unidad nacional, al fortalecimiento institucional y, sobre todo, al bienestar de las familias.
Sin embargo, hay un desafío silencioso que trasciende la seguridad en las calles: la educación emocional en el hogar. Podemos tener ciudades más seguras, pero si no aprendemos a gestionar emociones, a sanar heridas del pasado y a fortalecer los vínculos familiares, corremos el riesgo de reproducir en lo íntimo aquello que tanto costó erradicar en lo público.
En ese sentido, los proyectos impulsados recientemente en Usulután son un claro ejemplo de cómo las políticas públicas pueden complementarse con iniciativas que ponen en el centro a la familia.
Existen dos iniciativas, una de ellas es el proyecto Fortaleciendo Lazos Familiares, que lleva más de tres años de recorrer escuelas y comunidades, y la conferencia «Padres ausentes, hijos complicados», impartida por el psicólogo mexicano Enrique Ortega.
Ambas iniciativas, distintas en forma, pero coincidentes en fondo, apuntan a lo esencial: los padres son los primeros formadores de buenos ciudadanos. El testimonio de José Domínguez, el payaso misionero Chocoyito, conmueve, porque recuerda que el tiempo, el cariño y la comunicación no son lujos, sino necesidades básicas para el desarrollo de los hijos. En cada dinámica —un abrazo, un «te amo», un perdón compartido— se demuestra que la verdadera transformación social comienza en casa.
Por su parte, el conferencista Enrique Ortega subraya algo que muchas veces ignoramos: educamos a nuestros hijos desde nuestras propias heridas no resueltas. La ausencia emocional, el silencio afectivo o las tensiones en la pareja no solo afectan a los adultos, sino que se convierten en cargas que los niños arrastran hasta la adolescencia y la adultez. De allí, la importancia de la educación emocional: aprender a identificar, expresar y gestionar sentimientos para no heredar patrones de dolor, sino construir relaciones más sanas y seguras.
La coyuntura salvadoreña nos exige ser conscientes de que la seguridad no se limita al control del territorio, sino también al cuidado del alma. El país avanza hacia un futuro más próspero, pero ese camino será sostenible en la medida en que las familias asumamos un papel protagónico en la formación de las nuevas generaciones. Ninguna política pública, por exitosa que sea, sustituye la presencia y el amor de un padre o una madre.
Hoy más que nunca necesitamos hogares donde el diálogo supere al grito, donde la ternura reemplace a la indiferencia y donde los padres comprendamos que un abrazo a tiempo puede ser más transformador que cualquier discurso.
El Salvador ha demostrado que puede vencer al miedo y a la violencia. Ahora tenemos un reto más íntimo, pero igual de trascendental: aprender a educar con el corazón. Solo así las políticas de seguridad y desarrollo encontrarán eco en ciudadanos emocionalmente sanos, listos para construir un país más justo, humano y unido. El Gobierno está haciendo lo suyo, es momento de hacer nuestra parte.






