El liderazgo político sui géneris (la singularidad sociológica que, hasta el momento, es Nayib Bukele) es una realidad social que se construye y deconstruye desde lo social del conocimiento, y se subjetiva-objetiva en el proceso de reinvención del país, razón por la cual deja de ser algo personal para constituirse en una relación social entre el líder de carne y huesos (al que la gente siente y hace suyo debido a su cercanía, carisma y compromiso) y los seguidores que se multiplican más allá de los partidos políticos, e incluso fuera del país, situación que le permite decidir a él (sin ningún tipo de presiones, pues tiene el apoyo de la inmensa mayoría del pueblo, que es el que decide, con sus votos, a quién le va a dar el poder) quiénes se sentarán en su mesa, es decir, quiénes integrarán la estructura social de su liderazgo.
Enfatizo la frase «hasta el momento», porque el liderazgo político puede pasar de la gloria al infierno (o de héroe a villano) si sus seguidores se sienten traicionados, lo cual es fundamental tenerlo presente para abordar, con pensamiento crítico, los dilemas a los que se enfrenta un liderazgo del tamaño y peso de Nayib, el cual gana prestigio mundial día con día; un liderazgo que, por su masividad, solo tiene como enemigo a sí mismo y a quienes lo acompañan y hacen un mal trabajo, se corrompen, o se les llena de humo la cabeza. En ese sentido, el mejor apoyo a un liderazgo político positivo e histórico es ser crítico con él, sin dejar de apoyarlo.
En el caso salvadoreño —y por su impacto cultural e ideológico más allá del tiempo— el liderazgo de Nayib puede ser comparado (aunque tienen arraigos diferentes, púlpitos distintos y retóricas disímiles) con el de monseñor Romero. Y es que el líder, siendo una singularidad sociológica, encarna la historia de un pueblo, tanto en el sentido de la territorialidad (país, municipio, colonia) como en el denso sentido simbólico (imaginario colectivo, nuevo relato desde lo cotidiano, utopía social).
En esa línea, el líder histórico es parte de la historia de un país, al que le presta su cuerpo-sentimientos, su voz, sus gestos, su forma de vestir, sus dilemas, su barba, sus discursos, sus ilusiones y desilusiones, para luego tomar prestado, de ese país, su voluntad colectiva de reinventarse a sí mismo y su percepción del mundo, como lógica de movimiento a seguir y como anhelo de la posición que quiere ocupar en él. Esto último ha quedado muy claro con la motivación social que ha generado el pasar de ser el país más violento del mundo a ser uno de los más seguros.
Entonces, cuando un líder político —con la trascendencia como la de Nayib— asume la tarea de conducir o de reinventar el país (en el caso trascendente), está obligado a irse reinventando a sí mismo de forma permanente (virtud de los líderes como particularidad histórica), si es que quiere mantener intacta esa condición de liderazgo transnacional.





