Todavía tengo en la memoria, a una velocidad de 120 «frames» por segundo, las primeras veces que de cipotes fuimos al cine. Una de las razones que nos causaban tanta alegría las remesas que mandaba mi madre era porque sabíamos que ese fin de semana iríamos al cine. Yo apenas tenía 11 años cuando ella se fue, mi hermano siete y mi hermana cinco. Una de las condiciones que la Pimpa, mi madre, siempre ponía en sus cartas, donde muy inteligentemente venían escondidos los billetes para que no los detectaran los carteros, que de ese «pistío» debían darnos para ir al cine los domingos.
El ritual se repetía: levantarnos temprano, desayunar tamales, leche caliente con Café Listo que había que remover rápido porque si no se hacía una chibola difícil de disolver en la leche, y esta iba acompañada de semita mieluda.
En Santa Ana, en un radio de tres cuadras alrededor de la catedral, teníamos tres cines: el Tecana, el Novedades y el Principal (conocido popularmente como el Cacalito).
Ir al Novedades era como de más caché, el Tecana quizás más para novios y el Principal para la jodarria. Esa es la idea que tengo, quizás esté equivocado. De esas andanzas domingueras se quedaron perennes en mi imaginario películas como «El mago de Oz», que sigue siendo una de mis favoritas de todos los tiempos. Todavía, al día de hoy, la bruja me causa pavor, el león me conmueve, me identifico con el espantapájaros y el de hojalata me saca de onda. Esa escena cuando Dorothy, Toto y sus amigos entran al castillo queriendo que el mago de Oz le dé coraje al espantapájaros, corazón al hombre de hojalata, valor al león y a ella que la regrese a su Kansas con su tía Em, es insuperable. No sé cuántas veces la he visto y sigo obsesionado con verla todos los años.
Con el transcurrir del tiempo fui migrando del Novedades al Principal, el Cacalito era un cine de antología, enorme por dentro, estaba dividido en dos partes: platea baja y en la parte alta donde no había asientos individuales, sino gradas de madera, es decir, un solo galerón, nada de salidas de emergencia y mucho menos ventilación o aire acondicionado. En la parte de arriba se encontraban unas enormes ventanas de madera que se abrían y cerraban como persianas y que nosotros de cipotes, por joder, las abríamos solo por el placer de que los asistentes nos silbaran y gritaran tremendas puteadas, porque provocaba una entrada de luz que contrastaba con la imagen proyectada en la pantalla.
Ya en plena pubertad, la pila fue ver las de Bruce Lee y las de Clint Eastwood. Jamás de los jamases voy a olvidar al malo de Lee Van Cleef enfrentándose al bueno de Eastwood en «El bueno, el malo y el feo» y «Por unos dólares más». Las de Bruce Lee nos motivaban a que una vez terminaba la función corríamos atrás de catedral para practicar entre nosotros los gestos y las patadas voladoras que habíamos visto en «Operación dragón».
Tuve que abandonar mi Santa Ana querida en los ochenta, justo cuando demolieron el Cacalito y construyeron un cine nuevo, que parece más un bodoque de cemento, pero tuve la suerte de ver el musical «Hair», una ópera roquera de protesta contra la guerra de Vietnam. Aunque ya nada era igual.
Los grandes cines tanto de la capital como del interior del país fueron desapareciendo, unos se convirtieron en salas de cine porno, lugares de cultos evangélicos o mercados de pulgas, otros simplemente quedaron en el abandono como el cine Libertad, el Apolo, Avenida, Central, Darío y otros tantos.
Esta semana finalmente conocí las entrañas del cine Libertad, justo en el mero Centro Histórico de San Salvador. No pude evitar detener la nostalgia que me provocó recordar que este cine fue en su época el destino obligado de los capitalinos para ver los estrenos de cuanta película venía al país, ya sea de Hollywood o del cine mexicano. Lo visité con mi amigo Mario P. y sus hijas que no paraban de hacer sus historias para IG. Mario, un salvadoreño que se fue por muchos años a vivir a Canadá, pero que ya se quedó a vivir acá, se convirtió sin quererlo en una especie de guía y sobre las ruinas de lo que ha quedado nos describía cómo era el ambiente en los sesenta y setenta. Nos contó como en la parte alta, donde hoy apenas queda una fila de butacas invadidas por la maleza, era una especie de vip para recibir desde funcionarios del Gobierno hasta el presidente de la época.
Pero también recordé cuando con mucho cuidado pude ingresar a lo que era la sala de proyecciones, que fue este cine el que inspiró a Arturo Menéndez en su primer cortometraje de ficción en 2010.
El cine Libertad es un símbolo icónico que ya en gobiernos pasados funcionarios miopes quisieron demoler. Hoy forma parte del proceso de rescate del Centro Histórico, que inició el entonces alcalde y ahora presidente Bukele y que ha retomado el alcalde Mario Durán. No voy a hacer «spoiler» y contar lo que viene. Lo que sí puedo reafirmar es que poco a poco la capital está recuperando su belleza, ya es nuevamente motivo de orgullo ver a las familias recorrer sus calles, plazas y edificios emblemáticos. El centro es un destino obligado para los turistas y nuestros hermanos de la diáspora. Por eso al entrar y sobresaltar los escombros de lo que ha quedado del cine Libertad se me vino a la memoria el Novedades y el Principal, de Santa Ana, y en esas paredes viejas de lo que ha quedado pude proyectar cuando los munchkins despiden a Dorothy y a Toto cantando… follow the yellow brick road… justo donde comienza el camino amarillo que los llevaría al castillo de Oz.
PD: Ojalá que esto motive al Kid a terminar su guion inspirado en el yellow brick road de «The Wizard of Oz», quién quita y en un futuro cercano, una vez lo filmemos, pueda proyectarse en el cine Libertad.





