Para nadie es un secreto que la Federación Salvadoreña de Fútbol (Fesfut) ha estado tomada desde hace muchos años por pequeños grupos de intereses que funcionan como una mafia.
Los amaños cometidos por varios seleccionados nacionales palidecen con la cantidad de negocios y arreglos bajo la mesa cometidos por los jerarcas del fútbol nacional.
Buena parte del rezago futbolístico nacional tiene que ver con esas mafias enquistadas en las altas esferas del deporte rey.
Tenemos a exdirigentes de la Fesfut enjuiciados en Estados Unidos por sus desmanes, y muchos son testigos de cómo se ejercen verdaderas conspiraciones para que oscuros personajes del fútbol nacional continúen en cargos dirigenciales, viviendo a expensas del esfuerzo de otros, recibiendo dádivas y sobornos y dándose la gran vida con fondos internacionales.
Tampoco es raro conocer que amigos, amantes y socios sean preferidos en las delegaciones antes que los mismos deportistas o los miembros del equipo técnico.
La rancia dirigencia deportiva ha preferido viajar en primera clase y enviar en bus a los jugadores a pesar de que el trayecto era de casi un día entero.
Las primeras alarmas vinieron con la auditoría hecha por la Corte de Cuentas de la República a la Fesfut por los fondos públicos entregados para promover el deporte.
La reacción, sin embargo, fue la de devolver las transferencias, en un intento por ocultar sus malos manejos, pero también en una clara muestra de la copiosidad de fondos que maneja.
Bajo el argumento de la autonomía, en la Fesfut se negó información, a pesar de las evidentes señales de movimientos sucios.
Por tal razón, la Fiscalía General de la República allanó las instalaciones de la Fesfut y la residencia de su presidente, Hugo Carrillo, en busca de pruebas de administración fraudulenta y lavado de dinero.
Es decir, no se trata de la intervención del Estado en los asuntos regidos por la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), puesto que ni la Fiscalía ni la PNC llegaron para hacer valer la Ley General de los Deportes de El Salvador, sino en referencia a delitos comunes.
Escándalos similares levantaron en otros países las investigaciones contra altos funcionarios de la organización, como el sonado FIFA Gate, que implicó la irrupción en un hotel de lujo en Zúrich, Suiza, para arrestar a los involucrados en corrupción, lavado de dinero, soborno y fraude.
Nadie puede estar por encima de la ley, sobre todo dirigentes de un deporte que apasiona a millones de personas. Así no es el fútbol.





