Ahora, en retrospectiva, podemos ver con toda claridad los fundamentos y el desarrollo de eso que hoy se conoce en el mundo como el modelo Bukele, que no se reduce al tema de seguridad como algunos creen erróneamente
Todos los gobernantes occidentales modernos se proponen, al menos en términos intencionales o declarativos, la conquista del desarrollo económico o la preservación del mismo dentro de un Estado de derecho regido por una democracia política.
El problema es que la experiencia ha demostrado o bien que el subdesarrollo no se supera, en el caso de Latinoamérica, o bien que el desarrollo comienza a deteriorarse de manera acelerada en el caso de Norteamérica y Europa.
Esa situación decadente comenzó a convertirse en regla general desde los años setenta del siglo pasado en todo el hemisferio occidental. ¿Cómo revertir ese estancamiento y ese retroceso?
En El Salvador, Nayib Bukele entendió que tanto el Estado de derecho como la democracia política son condiciones necesarias y hasta imprescindibles, pero no suficientes («sine qua non»), y que no son más que palabras huecas si no están fundadas en la paz y la seguridad social.
En consecuencia, ese era el problema que había que resolver primero y de manera urgente. Por eso diseñó el Plan Control Territorial, estructurado en siete fases complementarias (Preparación, Oportunidades, Modernización, Extracción, Incursión, Integración y Reconstrucción).
Sin embargo, ese plan no podía concretarse sin el despliegue de toda la fuerza del Estado en contra del crimen organizado que de ser un problema de seguridad pública había pasado a convertirse en una grave amenaza a la seguridad del Estado.
Y tal despliegue no era posible porque, durante los dos primeros años de su Gobierno, el Poder Legislativo y el Poder Judicial estaban bajo el control de la clase política tradicional que adversaba la estrategia del presidente. Así pues, era imperativo arrebatarles ese control mediante el voto popular. Y eso es lo que Nayib Bukele logró con creces en 2021 y refrendó en 2024.
Sin este último paso, apoyo o colaboración total del Legislativo y el Judicial, es muy poco probable que el modelo Bukele pueda ser replicado en su integralidad en otros países.
En resumen, se trata de entender los siguientes puntos clave: uno, si no hay paz y seguridad social tanto el Estado de derecho como la democracia son una farsa; dos, no hay crimen organizado capaz de enfrentar el despliegue de toda la fuerza del Estado: tres, es imposible ese despliegue sin que el Ejecutivo cuente con el pleno apoyo del Legislativo y el Judicial; y, último pero no menos importante, si la gravedad de un problema es excepcional su solución requiere respuestas igualmente excepcionales.
Entonces, una vez resuelto el problema fundamental se puede y se debe pasar, ya sin mayores obstáculos, al esfuerzo enfocado en la democracia política y en el desarrollo económico. Esta es la fase a la que los salvadoreños estamos entrando con pie firme. Esta es la ruta que para nosotros, el pueblo, es irrenunciable.
Como se ve, el modelo Bukele en su sentido más básico consiste en la puesta en armonía de los tres componentes del Estado: pueblo, gobierno y territorio.






