¿Por qué se quema el político? Porque el poder político no le pertenece a nadie, solo se ejerce. Es significativo que se aplica por cuentagotas, y de manera específica sostiene al régimen político, que es el espacio donde se vinculan las instituciones con los sujetos que las mueven.
El fuego que arde en el interior del Estado comienza con fuego lento, y cuando aumenta su intensidad comienza la táctica política para expulsar al político del círculo de poder, porque la temperatura llega a su máxima expresión y quema al político.
El mismo poder se revela cuando quieren atraparlo, no se deja, se resiste. Lo enigmático del asunto es que el propio político que están preparando para cocinarlo no se da cuenta de lo siguiente: 1. Las órdenes que emite a sus subalternos no se cumplen. 2. En política no hay amigos, solo aliados. 3. Que no le piden opinión en los asuntos del desempeño de su cargo. 4. Que no lo convocan a reuniones para discutir asuntos de Estado. 5. Que el que pierde el control, pierde el poder. 6. Cuando le hacen saber situaciones falsas se pone a funcionar el engaño y la simulación.
Ese fuego es lento, pero permanente, con características de ser eficiente. La ventaja de esa táctica es que el poder actúa en forma uniforme, segura, y no quema al político en forma inmediata, sino que de forma lenta para evitar situaciones de riesgo y controversias; dicho lo anterior nos damos cuenta de que los conflictos se manejan en primera fase, a una temperatura baja y constante, para desarrollar una táctica en torno al funcionamiento y la dinámica del poder.
El poder tiene secretos y su tiempo para controlar las circunstancias, para maniobrar las coyunturas, y encontrar la explicación de todas las situaciones políticas, y tener en mente las salidas para transformar los conflictos; para ello se requiere jugar con ambigüedad bien calculada; en política todo tiene solución.
Las sombras del poder hacen sus propios juegos, siempre están actuando, y se mueven, algunos ni siquiera las ven, ni se imaginan que existen ni saben cómo actúan, pero misteriosamente esas sombras siempre se cobran. En el ejercicio del poder no hay que extrañarse de lo que ocurre, ni de lo que sucede ni de los desenlaces para descifrar los crucigramas del poder.
Los políticos se cuecen en su propio fuego, lentamente, con paciencia. Ese es el sabor de la política, y todo depende de quién lo experimente, porque en la política nunca se sabe cuáles son los políticos que se van a quemar, puesto que en la política no se juega con fuego porque quema.
En razón de lo anterior, todo político debe aprender a sostener el fuego del poder sin apagarlo, porque si pretende apagarlo, también es excluido y marginado del poder mismo. En consecuencia, vemos cómo en el aprendizaje del ejercicio del poder que se sustenta en la experiencia y en el conocimiento de este el poder no espera y no se puede estar esperando señales para actuar. En tal virtud, el político debe saber calcular cuándo son los momentos precisos para actuar; asimismo, los tiempos políticos, por ejemplo, reformas constitucionales, designación de funcionarios, elecciones internas de partido político, etc.
Hay que tomar en cuenta que el poder político es quebradizo por la acción del tiempo, sus fibras son frágiles y se contrastan con el desgaste de este, en el ejercicio del poder no se puede dejar que las cosas ocurran por acción del azar, es decir, lo que la suerte representa.
Como todo buen político, los que toman las decisiones deben ser personas bien delineadas, con talante firme y decidido, ser agudo observador de los comportamientos de los enemigos políticos para descubrir las intrigas políticas, que siempre están presentes en los escenarios políticos, y deben contar con habilidad para entrelazar con agilidad y de forma ingeniosa las opiniones que integran el análisis del poder.





