De pronto, al filo de la medianoche, se escucharon varios disparos en la colonia Buenos Aires, en las inmediaciones de la casa del general Medrano. Luego hubo silencio. En ese momento sonó el teléfono del ministro de Defensa, general Fidel Torres. «Me están cercando. Yo estoy armado y no respondo por lo que pase aquí», le dijo Medrano. «Entrégate y lo arreglemos todo de otra manera», le respondió Torres, agregando que enviaría al coronel Ricardo Arango para que negociaran.
«Mi general, aquí le habla Arango. Salga desarmado, le garantizo que no habrá problemas», gritó el coronel desde la calle momentos después. «Espera ahí hasta que amanezca y que venga un juez. Cualquier otra cosa que intentes va a tener mi respuesta», replicó Medrano. Hubo un silencio larguísimo.
«Bueno, yo ya hice lo que pude, mi general. Si usted no se entrega aténgase a las consecuencias. Bien sabe que no estoy haciendo más que cumpliendo las órdenes que he recibido», volvió a gritar Arango.
Mientras tanto, por la calle Gabriela Mistral se aproximaba un camión repleto de policías equipados con caretas antigás y lanzagranadas. Y ya se sabe que la Sección Química de la policía no sale de madrugada solo para dar un paseo precisamente.
En esos mismos momentos, en otros puntos de la ciudad, varios jóvenes universitarios también estaban en vela, tensos, armados y esperando un asalto militar de un momento a otro. El teniente Roberto d’Aubuisson tampoco dormía. Revisaba fichas de sospechosos y cruzaba datos en una labor que se parecía al armado de un rompecabezas, mientras esperaba los informes de los agentes que el sargento Castillo había desplegado por toda la ciudad.
Entre la 1 y las 2 de la madrugada, mientras el general Medrano continuaba cercado en su casa, el estudiante universitario Alejandro Rivas Mira recibió varias llamadas telefónicas en la quinta Belvedere, ubicada en los Planes de Renderos, en las afueras de San Salvador. Le informaban de una balacera y de un inusual movimiento militar en las calles capitalinas.
Luego de escuchar los informes y de pedir más detalles, Rivas Mira llamó a su vez al número 216838, que correspondía a la casa número 219 de la calle Granada, de la colonia La Providencia, en San Salvador, y dijo que en ese mismo momento salía hacia allá. Acompañado de una joven rubia, Luisa Castillo, salió a toda máquina en un Volvo celeste. Ya en la casa de la colonia La Providencia, donde estaban otros universitarios: Lil Milagro, Carlos Menjívar y Ricardo Sol Arriaza, Rivas Mira organizó un dispositivo de vigilancia y retirada ante un posible asalto policial.
Luego, en una de las habitaciones interiores, abrió una tapa de madera que estaba en el piso, disimulada bajo una alfombra, y que conducía a un sótano improvisado. Ahí, tumbado en una colchoneta, amarrado de las manos y con los ojos vendados, estaba un hombre. Era Ernesto Regalado Dueñas. Pasaron dos, tres y cuatro horas, y no hubo ningún signo concreto de alguna aproximación policial a la casa.
Ninguno de los ahí presentes sabía que esa misma madrugada y a no mucha distancia, en la colonia Buenos Aires, el general Medrano se entregaba voluntariamente al juez que él mismo había solicitado y ante quien rindió su declaración judicial. (Fragmento de mi libro «Héroes bajo sospecha». Continuará).







