El presidente Nayib Bukele recientemente ofreció una entrevista al afamado periodista estadounidense Tucker Carlson, la cual fue transmitida la noche del miércoles. Buena parte de la conversación giró en torno a la seguridad, en cómo logró que en unos pocos años El Salvador dejara de ser la capital mundial del asesinato y se convirtiera el país más seguro del hemisferio occidental.
Al comunicador estadounidense, como a muchos en el público, presumiblemente, le sorprendió que el presidente Bukele reconociera que el éxito en la pacificación del país fue realmente un milagro.
Razones no le faltan al mandatario para pensar de esa forma. No solo porque confesó que había orado con su Gabinete de Seguridad cuando emprendió la guerra contra las pandillas, sino porque en las dos semanas siguientes al despliegue de las fuerzas de seguridad pública con las herramientas legales del régimen de excepción —luego del fatídico fin de semana en el que las maras asesinaron a 87 personas— el Gobierno logró tomar el control del territorio.
Las pandillas huyeron de manera tan despavorida de policías y militares que no tuvieron tiempo para contraatacar, por lo que no hubo una sola víctima entre los ciudadanos.
Las siguientes fases del Plan Control Territorial permitieron recuperar barrios y colonias que estuvieron bajo el estado terrorista de las pandillas. Gracias a la valiente actuación de la PNC y el Ejército, en combinación con jueces comprometidos con la justicia, más de 80,000 pandilleros y colaboradores han sido detenidos y enviados a prisión.
El presidente Bukele considera que este éxito llamó tanto la atención internacional que muchas ONG, fundaciones y gobiernos pronto emprendieron una campaña. Pero no para reconocer que ahora los ciudadanos tenían garantizada su vida, seguridad y bienes, sino para denunciar el «atropello contra los derechos humanos» de los pandilleros detenidos, la mayoría de ellos responsables de múltiples asesinatos.
El presidente Bukele lo dice fuerte y claro: su prioridad son los derechos humanos de los salvadoreños, de los que fueron víctimas de las maras. Sí se cumplen las normas básicas relacionadas con los reos y privados de libertad, pero para salvaguardar la vida y demás derechos de los ciudadanos.
El gran miedo de los poderes internacionales es que otros países sigan el ejemplo de El Salvador y ya no hagan caso a los dictados de organismos y ONG. Una vez que pase esto, muchos más pueblos podrán conquistar la paz y la seguridad.





