El aumento del valor de las propiedades no es una crisis inmobiliaria ni un fracaso de política pública. Es la consecuencia natural de un país que recuperó seguridad, crecimiento económico y confianza.
Durante décadas, el precio de las propiedades en El Salvador estuvo artificialmente deprimido por una realidad que marcaba la vida nacional: la inseguridad. Colonias dominadas por pandillas, comunidades bajo extorsión y territorios donde el miedo era parte de la rutina diaria hicieron que el valor de muchos inmuebles permaneciera estancado durante años. Hoy, cuando el país vive una transformación profunda en materia de seguridad y desarrollo, ese escenario ha cambiado. Y como consecuencia lógica, el valor de las propiedades también está cambiando.
Algunos sectores de oposición han intentado presentar este fenómeno como si fuera un problema provocado por el Gobierno. Según esa narrativa, el incremento del valor de los inmuebles sería una señal de crisis o de abandono de las políticas de vivienda. Pero esa interpretación ignora deliberadamente el contexto completo: el aumento del valor inmobiliario es un efecto directo del desarrollo, la seguridad y la recuperación territorial que vive el país.
Por años, miles de comunidades estuvieron bajo el control de estructuras criminales. En esos lugares prácticamente no existía un mercado inmobiliario real, porque nadie quería invertir donde la violencia y la extorsión definían la vida cotidiana.
Hoy, tras la recuperación de esos territorios por parte del Estado, esas zonas vuelven a integrarse a la vida económica. Las familias pueden movilizarse sin miedo, los negocios vuelven a abrir y la inversión comienza a llegar a lugares que antes estaban completa mente marginados.
Cuando un país recupera seguridad y estabilidad, sus activos empiezan a valer más. Eso incluye las propiedades.
Quienes critican este fenómeno suelen repetir que ahora comprar vivienda es más difícil. Pero rara vez mencionan el otro lado de la ecuación: millones de salvadoreños que ya poseen un inmueble han visto aumentar el valor de su patrimonio.
Además, el Gobierno tampoco ha ignorado el desafío del acceso a vivienda. El trabajo articulado del Ministerio de Vivienda ha impulsado acciones para proteger a las familias más vulnerables y garantizar seguridad jurídica sobre sus propiedades.
Uno de los casos más emblemáticos es el de la empresa lotificadora Corporación Argoz, responsable de uno de los fraudes inmobiliarios más grandes en la historia reciente del país. Durante décadas, miles de salvadoreños pagaron terrenos sin recibir las escrituras que garantizaban legalmente su propiedad.
Gracias a la intervención del Estado, más de 118,000 lotes han sido regulariza dos, devolviendo a miles de familias la certeza jurídica sobre su patrimonio y recuperando bienes valorados en más de $1,200 millones.
Instituciones como el Fondo Social para la Vivienda y el Fondo Nacional de Vivienda Popular han ampliado las opciones de financiamiento mediante programas como Crédito Joven y Crédito Mujer, con tasas competitivas que pueden llegar incluso al 3 % anual.
La oposición insiste en decir que el Gobierno no hace nada para frenar el aumento de precios. Pero corresponde preguntarse qué proponen realmente: ¿intervenir el mercado, controlar el valor de las propiedades o limitar la inversión?
Paradójicamente, si el Gobierno adoptara medidas de ese tipo, los mismos sectores que hoy critican el alza de precios seguramente hablarían de autoritarismo o de dictadura económica. La crítica, entonces, parece responder más a una postura política que a un análisis económico serio.
Lo cierto es que El Salvador vive una transformación profunda. Hoy el país tiene más seguridad, más turismo y comunidades liberadas del control criminal. Los emprendedores pueden abrir negocios sin pagar extorsión y las familias pueden caminar con tranquilidad por barrios que durante años estuvieron dominados por la violencia.
Al final, lo que está subiendo no es solo el precio de la tierra, sino el valor del país en tero: de su gente, de su economía y de su posición ante el mundo.





