En la gran tradición milenaria Zen existe una anécdota popular: van dos monjes por un sendero que los lleva a su monasterio; ya casi por cruzar el río visualizan una jovencita llorando a las orillas, uno de los monjes le pregunta qué le pasa, a lo que la muchacha le responde que ha intentado cruzar el río y le da miedo, y que necesita visitar a su abuela enferma. El monje le dice: Súbete en mí, y yo te pasaré. El compañero le recuerda que tienen prohibido tocar mujeres, pero no le hace caso y cruza el río con la mujer en hombros.
Al pasar el río la joven le agradece y se va contenta. Siguen su camino ambos monjes, hasta que casi por llegar al monasterio uno le dice al otro: Tendré que contarle al maestro que faltaste a la regla y te volviste impuro; el monje que ayudó a la señorita le expresa: Hermano, me parece que tú has faltado más que yo, pues yo hace rato dejé de tocar a la mujer que ayudé a cruzar el río, pero tú, en cambio, la sigues cargando contigo.
Esta anécdota determina bien la verdad de la vida que se vive actualmente; no se vive de lo manifiesto, sino de las reglas impuestas o autoimpuestas que alejan de la savia de la vida.
Nada es más detestable que vivir una vida en la que al loor de reglas, que ni siquiera se basan en la realidad y el servicio, alejan al ser humano de lo que lo vuelve más humano; su esencia de ser y de hacer. Cuando se vive sin manifestar lo que se quiere se empieza a existir desde lo que los demás quieren para uno. De ahí que cada persona debe hacer un trabajo de autorrealización, que le lleve hacia donde debe estar y no hacia donde los demás quieren que esté. El sufrimiento humano es más un precepto legal irreal que una manifestación real de lo importante; por ello, es necesario despertar.
Se necesita valor para manifestar la vida, para observar desde la propia esquina y acercarse hacia el propio centro donde radica lo más hermoso de cada persona. La responsabilidad es responder a la libertad desde la comprensión de la mente engañosa, que por constructo social se delega hacia formas de ser menos elegantes. Se debe transmutar de lo impuesto a lo encontrado, de lo ofrecido a lo aceptado, de lo oculto a lo manifiesto.
Solo en ese estado de realidad el ser humano deja de mendigar atención, amor, tiempo y más, pues comprende que en sí posee todo lo que necesita para ser y estar desde el centro de su propia verdad. Ya no más «no me das tiempo», «no me das mi lugar», «no me amas como tal». Solo existe el soy yo y mi yo. Como diría el maestro José Ortega y Gasset: «Yo soy yo y mis circunstancias».
Ahí pues nace el verdadero ser humano que puede vivir en sociedad, pero también en soledad, pues al estar consigo mismo, con todos está, y al estar con otros, consigo está. ¡Encuentra la manifestación de la verdadera vida!






